viernes, 17 de julio de 2009

Yo también detesto a Bogart


Yo también detesto a Bogart
Por J.P. Medina


“¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza!
Pero, ¿Acaso eso es poco para toda una vida humana?”
Noches Blancas, Fiedor Dostoyevski

Que sí, Abraham, ¿De que carajos me puede servir a mi mentirte? Tu me sirves la bebida, aquí tu tienes el control, yo solo me limito a contarte lo que sé de los viajes a Pangea; y lo que sé esta noche es eso mismo que vengo diciéndote desde temprano, desde que abriste: que yo también detesto a Bogart.

No, no estoy loco. Pero carajo… ¿Qué dices? ¿Qué ha preguntado por mi? Bah, como si me importara. Créeme, no me hace falta, no la necesito. Aquí todavía nos queda el nombre de Pangea. Ese mismo que eligió para dárselo a esta tierra; y por lo tanto, hay que romperse la espina por Pangea, camarada, para creer que reunificamos naciones. Así de diplomáticos, nada mas.

Ya, vamos, sírveme otro escocés, a mi pendejadas no, y pobre de ti si te pones quisquilloso y paternal con las cantidades. Mira Abraham, carajo, dejas al hielo hacer todo el trabajo, no le das al whisky ninguna oportunidad de ponerse atento a la línea más allá del corte de vidrio. Debe poder verse el alcohol tan separado de Escocia, solo así sabemos que vale la pena, viejo amigo.

Pero no, no insistas, ¿Qué quiere saber que he hecho?, ¿Que como he estado?, Chingada madre, Abraham, mírame, pero mírame bien ¿Qué es acaso tan difícil describirle el estatus?, Lo tengo tatuado en toda la cara. Pero no, para nada, lo que tu quieres es que cante. Lo que tu quieres es que le escriba sonetos y orquestas para piano y a capela; tu quieres verme derrumbado de una puta vez para contártelo todo como contándoselo a ella.

¿Qué que es lo que le contaría? Antes que decirlo te lo escribo en servilletas. Pero espera, que no termino de decirte porque es que yo también detesto a Bogart.

No, idiota, para nada, sus películas son lo de menos, su cirrosis me da igual y sus mujeres, todas trenes. No, a Bogart hay que odiarle por canalla, por arruinarme Pangea con sus sueños de ver a todos venir al bar de Abraham. ¡Estaba tan jodidamente obsesionado! Y no, no lo conozco. Es más, no creo haberlo visto nunca en mi vida. Pero maldita sea, yo también detesto a Bogart.

Porque somos muchos los que lo odiamos ¿Lo sabías?, No te burles, club de los fracasados mis huevos, ¿Tienes fuego? Gracias. Ahora que recuerdo, a Sarah le encantaba apagarme los cerillos en la boca y con la boca, aunque creo que lo que le pesaba realmente era verme inflándome el ego con humos de tercera. Mejor los besos, idiota, ínflate de ellos, decía. ¡Ah, Diablos! Abraham, detenme, no me hagas hablar más de Sarah en estos momentos, apenas si puedo recordar a Bergman, a Ingrid o a Ilsa Lund; recordar a Sarah sería fatal y uno ya no puede aguantar el desangrarse con la facilidad que se tenía de joven.

Pero puta madre, escribe tu, se me ha olvidado como era escribir. No, no, escribir idioteces como sea, pero escribir así, tan comprometido, es una bofetada a mano limpia, compañero. Deja, borra el Querida, que no se le ocurra pensar que la extraño. ¿Qué a que viene esto? Querida es para las tórtolas del árbol de navidad, Abraham, para las que están unidas del pico y tienen una sola cuerda cuidándoles las alas. No se vayan a caer y entonces ahí si que hacemos. ¡Ni llorar!

Ah, pero te decía, quítale el Querida, déjale los puntos suspensivos.

Ahora déjame hablarle a la servilleta como hablándote directamente a ti, Sarah. La servilleta ya no existe, no pienses en ella, es quizá solo un recuerdo del relieve de tu falda, algo irregular que no parece sanar ni cuando dejaba caminar mis dedos por encima de tu piel; pero muy por debajo del contorno del gran velo, por cierto.

¡Y como odiaba todos tus lápices labiales! Quería hacerlos arder. Los odiaba casi tanto como detesto a Bogart, solo que esto con más envida que coraje. ¿Y cómo no hacerlo si los infelices pedazos de cera gustaban de pasearse desnudos por encima de tus labios? Figúratelo, estuvieron ahí cuando te conocí y estuvieron ahí hasta que te marchaste. Puras epopeyas troyanas, puta madre.

¿Qué si me acuerdo de cuando nos conocimos?, Boba, como olvidarlo. Apenas levantaba este lugar y ya se nos había muerto otro pianista (Que por cierto, para estas bestias de notas tan adversas y dientes imperfectos mejor traer dentistas, que no se me olvide preguntar los precios). Y sin otra cosa que pasarnos el duelo esa noche entraste con toda la elegancia de ser Ilsa Lund. La misma mirada, la misma sonrisa, el mismo encanto de ver una boca tan perfectamente delineada por los bandidos rojos.

Vamos, si hasta tenías incluso ese artilugio de accesorio para la muñeca de un Lazlo que no combinaba con tus zapatitos de tacón. Bastante curioso.

Puta madre, ¡Y los hombres! Se enganchaban de ti como buscando que los eligieras para otro detalle en la ropa, quizá de pendientes que decorarle a tus orejas. Era cosa de risa. Y sin embargo tú sencilla, tú callada, riendo entre dientes no se qué carajos con el miserable de Lazlo allá lejos, sin soltarte el brazo.

Y no es que yo no quisiera quererte querer como querían que los quisieras los demás hombres. Trabalenguas. No, para nada, pero uno lo piensa, porque sabes que está ella hasta allá y tú te quedas aquí. No porque esté lejos, sino porque temes quererla más aquí que estando allá. Que caos.

No me crees ¿Verdad? No te culpo, me conociste así, cínico y desvergonzado. Arrebatado por el deseo de mandármelos a todos al diablo porque sé que necesitar a alguno era romperme las piernas sin consideración de las mismas. A esas si mis respetos, claro miladi, y más si tenemos explosiones de vino tinto en el cielo y no sabemos si tendremos que correr cubriéndonos con un triste pedazo de nota roja.

Y yo también detesto a Bogart ¿Te lo he dicho? Últimamente lo repito tanto. Abraham ya no quiere ni verme a los ojos con temor de que se lea con facilidad el escalofrío de su nombre. Pero será bruto, demonios, temerle no es lo mismo que odiarle. A Pangea hay que temerle, por ejemplo. ¿Cómo no sentirle pavor a un mundo nombrado así por ver a Bergman platicar? Esta tierra no tenía nombre. Tú se lo diste y a todos aquí nos encantó.

Pero te decía. Aquí toda la gente detesta a Bogart; y ni hablar de mencionar aunque sea un poco a Humphrey que de repente empiezan a perderse tiros y uno termina creyéndose toda esa mierda de la ruleta rusa. Así mientras pasa el tiempo.

Entonces tú estabas tan locamente enamorada de mí y yo bebía para no saberlo. Demonios, y el ridículo de verte tan abandonada las noches siguientes, que porque no querías ver más a Lazlo pero no sabías como mandártelo a chingar a su madre (perdona el francés, es una lengua que se suelta cuando a uno ya no le ve diferencia a los idiomas). Pero tranquila, no, sin sugestivas, el ridículo no estaba en tenerte sentada a mi lado sin decir una palabra, suspirando mientras me veías autodestruirme con las transfusiones de sangre. No, la vergüenza estaba en hablarte de romperme la espina por Pangea porque sé que tu no tenías la culpa de lo que esta tierra tan impredecible me había marcado con cicatrices la espalda; de cómo había asesinado a todos los que alguna vez no detestaron a Bogart.

Es todo esto de las trasfusiones, te digo, pero mejor vamos a tomarnos una pausa, chica. Abraham se está muriendo de risa y me da miedo que se le vayan las letras por otro lado. Es un temor de que se le salga hasta más allá de Quien-sabe-donde y se le olvide que la servilleta no está a la mitad de una bocanada de risa. Que lío.

Anda, Abraham, ya cierra el hocico, sino vas a cuidarme las espaldas entonces por lo menos sírveme otro trago. ¿Qué ya son suficientes? No me jodas, ni tú eres Jim y yo mucho menos Henry Chinaski. A mí no me interesa beber todos los días, solamente a todas horas.

Vamos, no le hagas caso, Ingrid. ¡Pero escribe, hombre! ¿No estabas tan ansioso de verme fracasar aquí mismo sobre la banca? Uno empezaba a disfrutar esta frontera de una barra de madera y ahora me dejas solo. Es difícil vivir de inmigrante, cabrón. Hay que estar atentos a patrullas y los francotiradores; y lo mejor que puedes hacer es servirme otro trago.
Míralo, es exactamente así, como cuando tú estabas aquí Ingrid. Como cuando me escondías notitas bajo la mano ya cansada diciéndome que me adorabas y que llorabas porque te contestaba con cualquier estupidez.

No era por ti, muñeca, ya lo sabes. Era toda esta necesidad de ver a la barra como una madre que me acogía en su seno, alcohol y mas desgracia. ¿No te es suficiente? Nunca lo es, no te preocupes. Me basta saber la cara que tenías al mirarme.

Ya, Ingrid, no se me olvidan las cartas, créeme. Ya se que ahí viene todo esto, yo se que ahí hay mas historia que la que teníamos. Pero ¿No es acaso justo para el juez escuchar las dos versiones de lo tanto que detesto a Bogart? ¡Hay que enjuiciarlo de inmediato, Sarah! Hay que hacerle ese bien común al pueblo, para que Pangea vuelva y se reunifique. Por los bienes diplomáticos, caramba. No es justo que siga allá afuera separando los islotes, para nada.

¿Pero que te pasa, mi querida Bergman?, ¿Ahora ríes?, Mirala, Abraham, uno aquí ahogándose en la mierda y a la dama se le antoja reírse. Si, tu también lo has hecho, pero de lo que te venga en gana a ti no me importa, hasta te invito. Ahora que Ilsa, bueno, si Ilsa se ríe es que ya todo se ha ido al diablo. Sin posibilidades de redención.

¿Qué no es eso?, Vamos, pues habla claro mujer, si ríes ríe con ganas, ¿Qué te has acordado de algo?, Es el peso de la memoria, nena, nada de lo cual impresionarse. Yo todavía tengo que cargar con la mía, con el tiempo en el que no quería detestar a Bogart, que no quería nada con Pangea y cuando ni siquiera sabía si decidirme entre llamarte Bergman, decirte Ingrid o no muy lejos de Ilsa Lund. ¿Sarah? De Sarah no me hables, Sarah me arruina el porte de infeliz. Como si no le hubiera bastado decir que se moría por volverme a ver.

A Lazlo ya ni lo he visto. Dicen que se aparece algunas noches por la casa y rompe mis ventanas. Habla no se que carajos de clavarme un cuchillo por la espalda pero eso a mi ya no me sorprende tanto. Lo que sí es pensar en la rosa blanca, ¿Qué era exactamente eso de lo que te acordabas?, Tan fácil como hubiera sido eso, Ingrid. Si, como no pensar en ello, aun me falta tanto el aliento de haber corrido hasta tu casa y dejarte la rosa sobre la acera.

Si, lo se, hubiera sido mas fácil esperar hasta el día siguiente. Si, también se que tu estabas ahí aunque nadie mas te viera y que con lo bueno que hubiera sido despertarte. Pero no, es que tu no entiendes, lo mejor era pasearse de ninja, andar sigiloso muy por debajo del balcón para que la rosa blanca fuera la panorámica del día siguiente. Nada mas una foto instantánea descansando en el banquillo.

Ya lo sé, ya lo sé, ahí empezó todo. Ahí ya nos habíamos deshecho de Lazlo y era una carrera todos los días por no saber que tenías para mi a medida de que el tiempo pasa. Nunca me había sentido tan enfermo, tan desafiado, tan roto de las sienes.

Y reías, porque no sabías hacer otra cosa. Llorabas, porque te faltaba perder algunas fichas más del ajedrez. ¿Dónde estamos, corazón?, En Pangea, querida, Pan-ge-a ¿Lo has olvidado?, ¡Qué va! Ya estamos aquí, solo perdí el sentido.

Mientras tanto aquí en el bar seguían muriéndose pianistas. Aún sigo pensando en la posibilidad de una ortodoncia de emergencia; debe ser que el piano está con las muelas picadas y por eso tanta furia. ¿Y a quien puedo pedirle entonces que vuelva a tocar As time goes by?, Con lo que me gusta esa canción. Hay algo en ella que me hace detestar tanto a Bogart y a la vez me llena otra copa de whisky. Aprende de ello, Abraham, así se sirven los tragos, con piano y a Sinatra, chingada madre.

Pero que va, mi querida Ilsa, ahora todo es melodía premeditada, rasgueos a unos acordes pesimamente involucrados. Todo es diferente, toda la música es insípida y de trastes predecibles. Hasta las notas lo sienten, hay Do, Re y Mis tan apenados que no quieren salir. Y no los culpo.

¿No era mejor bailar As time goes by, muñeca? Así, juntitos los dos, dejando que te recostaras sobre mi pecho mientras nos mecíamos como péndulos de reloj. Un poco a la izquierda y ni pensar en hacerlo más sobre la derecha. Y si, allá afuera quizá revoluciones, quizá boicots y otras pendejadas, pero adentro solo tu, yo y el piano (que en ese entonces se aguantaba los dolores de boca, también le gustaba verte bailar, me lo ha dicho la otra noche).

¿Hasta ahora se te ocurre preguntarme porque detesto tanto a Bogart? Mujer, que apresurada, siempre a la carrera, siempre inquieta. Que energía, que cansancio el mío de perseguirte por la noche. Me veía en el espejo y al otro lado un gigante que solo sabía decir mil veces: “Ya no queda fuego en el infierno”. Puta madre.

Sí, vamos al final, te daré el gusto. ¿Qué no es gusto?, ¿Qué solo es hacer llegar de una puta vez?, Como ves, Abraham, ese si es valor carajo. Ya sé que debería aprenderle eso pero yo ya estoy muy viejo para las interpretaciones. ¿Nos vamos?, Un rato mas, hombre, todavía quedan pilas de servilleta. No, no jodas, no nos clausuran, nos necesitan. Aquí todo el mundo nos necesita.

Vamos, que hasta el día en que no llegué todos se extrañaron. Venían molestos a reclamarte todo el chiste de que nada me servía ausentarme de las exigencias de Pangea para ir a verte a ti, Ingrid. Que les valía madre que fuera la última noche y que a nosotros no nos quedaba ni siquiera París.

Si, esa noche se separaba Pangea. Me di cuenta mas tarde de ello, cuando ya no estábamos sentados juntos mirando y no mirando al televisor. ¿Tu si la veías? Mentirosa. Ahí no nos acordamos de nada. Solo se que de un momento al otro corríamos porque nos perseguían algunos soldados de lata. Abraham dice que era el tiempo, pero a mi no me consta el hecho. ¿Qué le importa al tiempo que uno corra o no corra?, ¿Qué tiene de atractivo ver salir a dos jóvenes al fresco, de subir tus maletas y no mirar atrás?

Y allá afuera no existía nadie ni nada. Eras Bergman pero por primera vez en tu vida eras Sarah. Ni siquiera Ingrid y mucho menos Ilsa Lund.

Si, lo sé, no fui a verte partir, ni porque eras realmente Sarah y debía ser estúpido para dejarte ir. Pero no, no quise darle a Bogart esa última satisfacción. Llegué dos horas después, querida, aun a tiempo para el caos de riachuelos humanos, los murmullos con sabor a despedida y la estúpida turbina de la avioneta 43 llorándome como si hubieras sido tu misma la que me llorara.

Y ahí me quedé un largo rato. ¿No te dije, Abraham? Estuve ahí el tiempo suficiente como para poder afrontar el hecho de que yo también detesto a Bogart; porque cuando menos lo esperaba yo ya era el rastro de lo que Bogart fue alguna vez, un miserable arrepentido por la idea de no haberla visto dormir a la par. Eso era, todo se resumía a ello.

Curiosamente, en algo Humphrey tenía razón… no deberíamos cambiar el whisky por el Martini. Puta madre.

¿Y el último trago? Bueno, pues este va por ti, muñeca.

Salud.

viernes, 12 de junio de 2009

Ruleta rusa (I)


Ruleta Rusa (I)

Por J.P. Medina


Irse así como uno se va, a la incertidumbre, no es exactamente irse.

Es marcharse, quizá, pero dejarse también.

Es ver que estás allá lejos pero indudablemente estas aquí. Solo crees estar allá porque te has bronceado o porque tienes los calcetines llenos de arena.

Y apestas a mar. Apestas pero no lo hueles, es solo sugerir que apestas a mar porque no quieres aceptar que no te fuiste. Que te quedaste.

Ves que esa piña colada (que ya se ha derretido de tanto que la ves y no la ves) era sencillamente otra copa de ese escocés que tienes escondido en la cabala. Apestas a cigarro y no a mar; como uno creería.

Entonces ves una sirena. No es realmente una sirena, sino una mujer de bellos cantos que te araña el corazón, pero tu quieres creer que es una sirena, porque entonces sí podrías aceptar el hecho de que apestas a mar y que tienes los calcetines llenos de arena.

Como debiera ser.

Sin embargo, lo unico que tienes es el bolsillo ocupado por el falo de un arma; ni siquiera completamente cargada, ni siquiera totalmente descargada.

Ves que se hace tarde y la sirena sigue ahí, cantando y ríendo porque sabe que no es una sirena. Se mofa de pensar que tu crees estar bronceado y que ella es una sirena.

Ya no sabes que pensar, de todas formas. El escocés se ha puesto demasiado inglés y el mar funge como espejo nebuloso. Una niebla como las que se forjan en Buckingham, con la misma incertidumbre y un reloj dando las tres de la mañana.

Hace frío, pero no es porque estés en el mar al momento en que anochece; o porque has caminado por horas con los pies descalsos sobre la arena ya fría; es porque sabes que no estas en el mar y la puerta de tu casa lleva algunos siglos abierta.

Levantas un cigarro que tenías maltratado en el bolsillo y te lo colocas a la par de la cien derecha como pensando en como carajos se enciende. Porque lo has olvidado.

Sin embargo, al fin y al cabo, sabes que no se enciende porque no es un cigarro. Es sólo el arma omnipresente y es solo jugar a la ruleta rusa.


Ruleta Rusa (II)

Por J.P. Medina


Y si pudieramos pensar que te has ido, entonces es recrearse la idea de que estuviste ahí, aunque no fuera cierto.

Recuerdas haber caminado por la arena en tenis y calcetas, esquivando algunas de las olas que subian demasiado rapido cuando todos esperaban los contrario.

Pero es una mentira. Es el cigarro que te quema las cienes porque te decides a realmente jugar a la Ruleta rusa. Crees que entonces puedes fumarte ese cigarro y realmente creer que fuiste al mar a esperar las olas que subian demasiado.

Porque entonces podrías ver al infinito como viendo al infinito. Podrías mirar a la ventana como si fuera realmente un horizonte, con algunos islotes a distancia que hacen ruido a la linea horizontal tan perfectamente delineada.

Te recuestas en la arena porque sabes que no es mas que la butaca enfrente de la barra, la que te obliga a pedirte a ti mismo, bucanero un tanto cantinero, que te sirve otro escocés en las rocas. Doble, para que puedas seguir pensando que fuiste al mar.

La sirena no está ya más. Hay una roca donde ella reposaba, pero ella ya no está más. La piensas constantemente y te la imaginas en tus propios sueños, haciendo ya del mar un tanto bestia mitologica que desenrolla más y más leyendas de una sirena que ya no está, pero que quisieras que estuviera.

Se parece, pero no sabes si sea.

No sabes si sea porque el mar abierto se cierra y es una bahía. No sabes de donde vino ni a donde va, pero la bahía se va cerrando, creando así una ensenada.

Tu detestas las ensenadas.

Tu detestas las bahías.

Tu prefieres seguir ahogandote en alcohol (que no es piña colada, sino whisky, uno viejo que guardabas para cuando quisieras ir al mar y no pudieras hacerlo), tu prefieres apestar a cigarro y no a salina; a calor un tanto asfixiante que te hace sudar hasta que no sabes que tanto de agua eres y que tanto de carne y tal.

Piensas en la sirena. Y la sirena no es sirena, lo sabemos, es una bella mujer que te araña el corazón.

Pero tampoco es una bella mujer que te araña el corazón. Es la mujer que sueñas entre que fuiste al mar y no.

Es la que no te deja dormir, la que te hace beber, la que te asfixia el corazón pero que quieres besarle la mejilla atraves de un vidrio que sirve para que no se asfixie sin el mar.

Estas y no estas, fuiste y no fuiste y la sirena no es una sirena, es una mujer que no es especial pero que es la mas especial de todas.

Entonces jugar a la ruleta rusa o fumarse un cigarrillo por las cienes parece obsoleto.

Porque sabes que morir es solo pensar que estas muerto y no estarlo. Vivir es solo pensar que estas vivo y quizás estarlo; y además, tener los calcetines llenos de arena es solo creer que esta cancion no puede tener otra cosa que su nombre tatuado en la locura.

Una molto bella locura.

Bang.

lunes, 23 de marzo de 2009

Vals de tres versos para Valentina


Vals de tres versos para Valentina

J.P. Medina

Cada vez que toco la vihuela, Valetina se enamora.
Se siente entusiasmada.
No se le ve danzar per se, pero sonríe a sus adentros y le da una vuelta a su vestido, desviando las zapatillas por toda la vega. Alegrando todo a su paso.
Pero divago.
Algunas veces solo es cotonear la falda, o hacer de sus piernas un vaivén al deseo oscilatorio, con las manos a la espalda, luchando con el ventisquero de música y ritmo.

Es un vuelco de rueda que me hace desear seguir tocando. Para variar.

Y a Valentina le gusta reir, la enorgullece soltar una melodía entre dientes, pero lo hace tan discretamente que nadie la escucha. Vayas a creer eso, Valentina.
Mas que nada de una aventurera piadosa que tiene cierto encanto por la vigilia. Que llora encerrada al injusto vilipendio de un monton de incuatos y edipicos enfermos.

Valentina vestal, que curioso, un vicio para los acomplejados.

Y es un vicio muy mal pagado, porque cuando Valentina quiere, Valentina te mira. Y puede ser un segundo y nada mas, pero es convaleciente. Te cura.

Frustra que (por lo menos yo que vivo del fracaso) esté uno hundido en la mas vil de las lamentaciones y Valentina se las arregle para sonreirte y volverte loco en un segundo. Sin querer y queriendo. Como conociendo que al mas enfermo de corazón puede curar, sin esperar nada por ello.

Asi es. Esa sueles ser vos de lejos, esa sueles ser vos cuando me vuelvo viajero y recorro el argumento que viene a mirarte, a conocerte dentro de este espacio llano.
Que soy vouyerista y vosotras, Valentinas, distintas con cada uno de los conversantes, sonríen por un preciso momento, dejando todo lo demas a la imaginación.

(FIN DEL PRIMER VERSO)

Av. Deja Vu es el peor lugar para la ley, confirmado.

Cada noche hay un muerto tapizado en los vados de la acera. Cada dia el crimen se aprovecha de la ineptitud de las autoridades para hacerse de alguna travesura en los campos vecinos. Y pareciera que cada noche, aun para los pocos invitados, la avenida se muere por dentro.

Como un cancér humano de violencia y vanidad.

Y por consiguiente, nunca hay paz en Deja Vu. Lo sé.

Yo, por el contrario, tenia tiempo sin pasarme por ahí. Me lo tenía prometido.
Es verdad que un detective necesita ganarse la vida en ecosistemas tan vulgares como este, pero ahí siempre es perder más de lo que ganas.
Sin excepción.

Y que me dices a mi.
Todavía ahora puedo ver los disparos al corazón, la tension ahogandome en los vados, el vino excesivo, la sangre, el misterio carcomiendome las visceras y la mujer escondida entre las cortinas, parcialmente desvestida.
Pero tenia mis razones para volver (aunque ninguna realmente racional como para efectuar la transaccion). No lo sé, quiza es que no podía apaciguar las ganas de verme envuelto nuevamente en ese mundo post-apocaliptico. O quiza es que siento vincular toda esa magia visual con el sentimiento de soledad y reprimenda que tanto me importa.
Que va, al final quiza solo es que soy autodestructivo.

En fin.

La ultima vez que estuve aqui fui evocado de licencia por el fracaso que fue perder el caso del Cuervo y vino, asi que no tenía mucha prisa de invitarme al cuerpo de justicia inmediatamente.

Ah, el Femme Fatale Hotel, la escoria de la escoria vuelto una posada de tres estrellas y una cantina de mala muerte. Perfecto para un derrotado detective (además, tenía ya un largo tiempo sin tomar, y eso me ponía muy nervioso).

Empujé la puerta con gravedad y el vinatero vociferó algo al verme entrar al salón.
Sin darle importancia, y ya algo desganado, fui y me senté justo al mostrador, entre los dos, ignorando el depresivo ecosistema a mi alrededor.
Caminar entre tantos vagos y suicidas me hacia recordar los tiempos en que alguna vez participé en su erradicación. Sin mucho exito.

Me senté y me pedí un whisky enseguida, para evitar la conversación inmediata con el dependiente.
El sujeto se dio la media vuelta, aun mofandose de mi presencia, y encontró de entre la repisa una vieja redoma de doce años. Sacó un vaso de vidrio de la cristaleria y sirvió el caldo seco.

No se cuanto estuve ahí encerrado, pero para la octava copa ya la vista me tenía como traidor evasivo.
Aprovechando mi confusión me encomnendaron un caso cualquiera, despidiendose de mi enseguida sin yo tener en cuenta de quienes eran aquellos sujetos.

Que mas da, un caso es un caso.

Le pedí al cantinero la llave de un cuarto y le pagué enseguida en efectivo. Ni siquiera recuerdo cuanto.

Me levanté y anduve con el tiempo ensima acompañandome el paso hasta el veintiuno del numero veintiuno.
Ya adentro caí de inmediato en el sillón (que fue lo primero que vi al entrar) siendo arrullado por el sonido del plomo y explosivo caracteriztico de la zona delictiva. Pero algo ahí me hacía ruido, en el piso se oía un sonido diferente, un sonido poco frecuente en la Avenida Deja Vu.
Y venía de mi recamara.

Saqué la pistola y caminé como pude hasta el lugar de donde provenía el susurro. Tenia la cara empapada de sudor y no podía divisar perfectamente a que apuntar por los efectos nocivos del alcohol ya en la sangre. Solo podía ver un cuerpo moviendose escondido detrás de la colcha, mientras me hacía un camino hasta ello.

Y ahí sucedió. La virgen silueta de una doncella recostada en mi cama me hizo vapulear contra el marco de la puerta, haciendome tirar el arma.
El extraño sonido no era más que el suave respirar de la dama dormida.

Pero yo la conocía.
El contorno de su rostro, el visaje preciso de duda y cansancio, la madeja que llega hasta el principio de cuello, los aretes curvos que adornan sus orejas, sus ojos, las venusianas manos, el compás de sus piernas. Todo, la conocía.

Pero "¿Que hacía ella en Deja Vu?"

Mareado preferí ponerme a pensar en ello a la noche siguiente (porque para esa avenida no existe el dia, solo la noche, eterna, constante, precisa, evolutiva) así que me fui a dormir enseguida (o solo tratar de hacerlo, porque con el vino, el cigarro, y la respiración tan tranquila de una pacifica vestal como vecina al cuarto conjunto, era practicamente un reto) no sin antes arremeter a mi estupidez altruista (raras veces vista. Ella, de hecho, era la primera en mucho tiempo con la que no podía ser tan cruel como para dejarla morir de frío) cerrando las ventanas y tapandole los hombros con el edredón.

Una llovizna acompañó la velada. Y dormimos, cada uno, un poco mas tranquilos con la presencia del otro.

A la noche siguiente, ya mas fresco y racional, seguía preguntandome cual sería la razon exacta de que ella se arriesgara a venir hasta este caotico mundo, haciendome perder toda la concentración que creía necesaria para resolver el caso.
Me tenia preocupado tener que dejarla en el cuarto del hotel, pero considerando que seguramente lo que queria era verme, lo mas logico era suponer que me esperaría ahí mismo, si se despertase.

Más tarde, las actividades se fueron desenvolviendo rapidamente. Las pistas me conducían poco a poco al movil del delito, las victimas solían decirme mas de lo que requería y mi tarea como detective, al final, terminó con excelentes resultados. Aún a pesar de mi inquietud personal y el vulturno ocasionado por la preocupación.
Que va, vomitivo.

No avezado por la idea de cuidar de una mujer, me tarde en volver a mi recamara. Tomé algo de vino en la cantina del hotel, al pie de Femme Fatale y por dos horas consecutivas escuché al grupo del lugar interpretar La Malagueña.

Ellos me quieren mirar...
pero si tu no los dejas
pero si tu no los dejas
ni siquiera parpadear....

Afuera seguía lloviendo.

Y decirte niña hermosa
que eres linda y hechicera
que eres linda y hechicera
como el candor de una rosa.

Seguía fumando, consumiendo, y escuchando.
La letra me hacía coro en las cienes, me hacía de una volea en el corazón.

Y así, al final, sin poder disfrutar de la festividad del exito conseguido, regresé al cuarto.

Entré a la salita y colgué la chistera en el perchero. Volví la mirada y la vi finalmente de pie, con su hermoso vestido acariciando el suelo.
Tomé el velo de cortina de una de las ventanas y me sequé el sudor mezclado con la lluvia.
Aquella valquiria, virtuosa y delicada, recorría la sala con el roce de sus piernas, pintando de colores escenarios mitologicos. Muy al pesar de su monocromatismo (donde ella era la ausencia de colores, y yo era la ausencia de colores, y todo el maldito mundo lo era, menos cuando ella le hacía una caricia).
Justo cuando estuvo frente mio, y tras un largo silencio, me envolvió con sus manos, recostando sus mejillas en mi pecho.
Yo no hice mas, solo me detuve en seco, vivificado.

-Quedate conmigo.- susurró ella de repente, en el instante en que la lluvia y nevada se hacían los mudos (Durante algunos minutos solo se pudo escuchar el sonido del ventilador dando volteretas en el aire) a unisono.

Y que curioso, porque quizá lo unico verdaderamente racional de lo que pude prescindir en esos momentos, ante el shock y el enorme gusto mezclado con tristeza, fue el de suavemente apretarla contra mío.

Toda una carantoña. Todo un caos que conllevo a inventar noventa y nueve maneras de evitar regresar a la Avenida Deja Vu. Noventa y nueve veces no, noventa y nueve veces al carajo. Noventa y nueve novelas de detectives y asesinos.
La lista se extendía en los pocos segundos lucidos que estuve con sus manos alrededor mío, pero ninguna de esas razones vencian el hecho de tenerla junto a mi, cuidarla, quererla y romperme el alma por ella.

Tristisimo, porque afuera seguía la ventisca de lluvia y nevada. Seguía, y seguía, y seguía... consecutivamente.

(EPILOGO DEL SEGUNDO VERSO)

Y todavía regreso a Deja Vu. Todavía me pierdo en la insignificancia ajena, en el vulgar de un mundo post-apocaliptico, criminal, tan solo para estar con ella.

Y a veces vamos al cine, solo de noche. Nos refugiamos en la oscuridad, le tomo la mano y disimulo.
Algunas otras veces tomamos transporte y le damos vueltas a la avenida, una y otra vez, y nunca termina. La calle toma un aire londines y simpre, hasta donde alcanza la vista, es un sin fin de arquitectura victoriana.
Templado.

Mas al final, la mayoria del tiempo solo nos quedamos encerrados en el veintiuno del numero veintiuno, al Femme Fatal Hotel.
Tomamos vino, cerramos las cortinas y nos quedamos dormidos, a la letra y canto de La Malagueña.

Y yo pensando: "Demonios, tanta melancolía para nada"

(FIN DEL SEGUNDO VERSO)

-¿Que anoche fuiste a visitarme a mi casa?- dijo ella en un vuelco de rueda.
Y entonces todo el vorágine se detuvo. Hay vértigo en la pregunta, un vértigo visceral y destructivo.
Ya no estoy en mi sueño. Ya no hay caricias, ni achucheos, ni siquiera el roce de su vientre recostando mi rostro.
No hay mas que un vilipendio de mi parte. Quizás solo el nerviosismo del sujeto de la chistera negra; del que através de un ventisquero de humo, los patrones surrealistas del cigarro, pudieran disfrazar.
Sonrío sin pensar en Valentina Vestal, ni Valentina valquiria. La veo sin ver las figuras, los colores en los mundos monocromaticos, o los espacios vacíos.
Y ante toda vervigracia, dos piernas cruzadas aguardan la respuesta. Donde pudo, como sea, ser un par de palmas deteniendo la maravilla victoriana que le precede en estructura.

-Solo tenia ganas de pasar por ahí.- advertí recuperandome, y sonreí cansado. -Con un enorme gusto de desearte dulces sueños...-

A vos Valentina, solo a vos.

Para variar.

(FIN DEL TERCER VERSO Y REVERENCIA)

miércoles, 27 de agosto de 2008

Eva, O el día que cambiamos corazones... ~

Eva

O el día que cambiamos corazones

J. P. Medina


Cinta grabada el 30 de Diciembre del año 2120

Evidencia (A) presentada ante el Consejo Mundial de Ciencia y Tecnología.


“...Creo que soy de los pocos en la actualidad en odiar la biónica, lo confieso. Y no es porque considere que sea completamente un sacrilegio a nuestra individualidad y a nuestra persona, pues a un perfecto moderado, la biónica debe poder tener el suficiente respeto como para salvar vidas, ayudar a los desgraciados y suponer una base para un estilo de vida común y sencilla. Desde las prematuras ideas de Leonardo Da Vinci por querer imitar el aleteo de una triste avecilla a lo lejos de su ventana, allá para su residencial Florencia, hasta los avances científicos del siglo XX que se infiltraban en la investigación de la biónica con el único fin de conseguirle un brazo a un niño que lo hubiese perdido en algún accidente, provocado o malintencionado. Sin embargo, en algún momento, la biónica comenzó a conjeturar suma importancia al entonces reciente impacto de las guerras que se efectuaban en el viejo y nuevo continente. El gobierno enemigo, el aliado, y hasta el neutro, comenzaron a producir brazos, piernas, ojos e inclusive algo tan frívolo e inútil como oídos y narices (con la patética premisa de una mayor proyección auditiva y olfativa que tuviera un efecto positivo en el campo de batalla) para evitar las bajas cada vez mas frecuentes en las filas. Las guerras empezaron a durar años, lustros y hasta décadas, en una interminable lucha por el poder y en contra de la impotencia del país. Que después de todo, para eso sirve una guerra... ¿No es así? El complejo de inferioridad puede crear demasiados idiotas como se producen estrellas en el manto nocturno. Deseo, deseo.

Y lo reconozco, se que no debiera generalizar con la biónica, comprendo la curiosidad de la mente humana por estudiar e imitar comportamientos animales, la constante evolutiva de los seres vivos y hacerse el doppelgänger, De un pájaro, de un toro, de uno mismo. Mas no obstante, la socialité y los altos funcionarios, no conformes comenzaron una distribución masiva de brazos, piernas, manos, ojos, narices, oídos, etcétera infinito numero de partes corporales y en un ataque de palabras y discursos, promueven al uso innecesario de estas como una actualización, como una evolución no natural del ser humano.

Quizá es que lo odio a sobremanera por que puedo verlo desde el otro lado, ya que, a estos tiempos de sobre-modernidad, quedan pocos que mantenemos nuestros cuerpos intactos, al contrario de los Non humains, que solo conservan su cerebro y el corazón debajo de esa coraza fría de acero y titanio, y que viven dentro de un complejo de perfeccionismo estético, casi geométrico.

A nosotros desde hace años que nos cazan, nos buscan para realizarnos actualizaciones que no necesitamos, para arrancarnos el corazón del pecho y colocarlo dentro de un cajoncito envuelto, silicona flexible que dicen simular la piel humana.

Ellos dicen no notar la diferencia, aquel envoltorio posee censores sensibles al tacto que transportan la información por los canales electrónicos hasta el cerebro, en forma de pequeñas descargas que hacen que un calor sea calor, o un frío demasiado frío. Pero no pueden hacer que un beso sea un beso, o una caricia una expresión infinita de placer y gusto. Es una jaula, lo repito: ¡Una jaula! Por eso y otros tantos motivos, me presento ante esta grabación con orgullo y como índole de este, ante mi ultimo letargo, mi nombre es símbolo del primer hombre, del hombre de tierra, mi nombre es Adán...”

“...No creo que importe donde nací, ni donde crecí, sino como lo hice ante los obstáculos que se me fueron colocando enfrente. A los dos años perdí a mi padre cuando fue sometido a la actualización. La presión y el impacto psicológico de perder su humanidad lo llevaron a un bienintencionado suicidio; justo ante los escépticos Non humains que no podían comprender como alguien prefería la muerte al reajuste. Mi madre, por su parte, debe ser el numero “tal” en la multitud, ni siquiera me da la gana mencionarla, se vendió cuando recibió el dinero suficiente para una actualización elegantísima, una de esas que solo pueden conseguirse los mas altos en la escala económica del planeta.

Pero en fin, continuo. A pesar de estos factores, y los otros que ocurrían (persecuciones, discriminaciones raciales, golpes y tormentos) quiero pensar que soy el mas feliz de este planeta, o que mi felicidad es meramente realista ante las artificiales de los Non humains. Sobreviví gracias al robo y a la estafa, y, aunque tengan uno que otro detalle distintivo, pude confundirme maravillosamente entre la gente, haciéndome pasar como uno de ellos mas de una vez. Claro está que tuve que evitar algunos distritos, autopistas e instituciones publicas, pues el mínimo roce con el OFSD (Organic Form System Detection, por sus siglas en ingles) me podría (y lo hizo) traer problemas colosales. Entonces más y más persecuciones, más y más discriminación racial, y sus derivados desesperados.

El escondido pueblo que teníamos al recóndito del valle era el perfecto refugio, imposible que los Non humains nos encontraran, el frío, la nieve, y la constante lluvia gélida y mortal, evitaba que ellos se acercaran. Unas horas en ese ecosistema hostil harían de sus inadaptados corazones un tic, tac que poco a poco se irían paralizando. Ese a sido el único, hasta ahora, el único imperfecto, de sus cuerpos impuros, aunque últimamente he escuchado que los altos económicos despilfarran su dinero en busca de erradicar esa anomalía. Si no fuese porque el pueblo ya ha sido evacuado por completo, y que esta en la penumbra de la soledad, el desperfecto arreglado de los Non humains nos mandaría a todos los que restan al carajo.

Es cierto, mi pequeño Paraíso, mi pequeño pueblo... es el que mas sufre en estos momentos, ni siquiera yo, que estoy firme ante esta escalofriante decisión, puedo competir en contra del abandono de mi gente, mis amigos, mi cariño. Y todo porque no fui capaz de odiarte, Eva, como a todos los demás infelices, carentes de vida. Y todo porque encontraste la forma de tomarme entre tus frías manos y acurrucar mi rostro en tu pecho. Tic, tac, tic, tac. El corazón de Eva repicó dentro mío, calentándome...”

“...La radio de pilas que cargo siempre conmigo avisa que queda poco tiempo antes de que empiece el bombardeo...

...No lo entiendo ¿Es que es tanta la obsesión de transformarlos a todos que deben eliminar a los insatisfechos? Aunque irónico e insensible, que bueno que el ultimo en huir del Valle ha sido Matusalén...”

“...Ahora que lo pienso y me rió, no entiendo que es lo que estoy haciendo aquí. Sincerándome un poco. Observo al exiliado profesor recurriendo a su pequeña biblioteca de llaves y tuercas y sigo sin entender la estúpida de mi decisión. Me veo en tercera persona desde lo alto y sobrevolando la ventisca con fuerza y determinación y sigo sin entenderlo. Con algún otro Non Humain me hubiera importado un pito, lo sé, lo sé, pero Eva, maldita seas Eva ¿Qué es que tienen tus manos que son tan tibias? Está fuera de razón y comprensión, pero no puedo soltarlas, imagino entonces que la llevaras a tus labios (escarchados por el tiempo) y besaras mis dedos a pausas... ¿Qué es este delirio tan cobarde? ¿Será el miedo? Ahora, como nunca lo hice, envidio a esos artífices sin emociones. Lo único bueno de esa miserable raza es su valor ante la muerte. ¿Y porque temerle? Son seres inmortales, impulsados por un corazón que nunca se detiene y por un cerebro que jamás deja de concentrar información, día con día, mes con mes, año con año. Luego siglos. Entonces la muerte parece un mito mal jugado. El nacimiento un proceso de envasado, conservación y actualización en masa que sucede en fabricas y no en hospitales. La vida un enlatado y exportado, obligados a migrar a otros planetas vecinos por la inigualable cantidad de vivos no vivos que caminan en la Tierra. Se acabaron las religiones, Dios existe para calmarle los miedos a hombres que no saben que sucederá después de morir. Es entonces mas fácil creer en las inigualables filosofías de Hegel. Hilarante, demasiado.

Y diablos, empiezo a tener frío, mucho frío, tanto que hablar se vuelve una entera riña con la lengua y los dientes...”

“...Diviso algunas señas que me hace Matusalén entre toda esta nieve advirtiéndome que queda poco tiempo. Con el puto frío calándome los huesos, me sorprende que ella resistiera tanto estando su corazón tan desacostumbrado. Con los dedos me dice que a lo máximo tengo, tenemos, diez minutos antes de que suceda.

Y no quisiera creerle, pero Matusalén es un experto en la materia y cuestionarlo no seria lo mas prudente. Sabe, a carne propia, lo que es existir entre la aceptación y el exilio, con el peso que ha cargado de su propia creación.

Tu no lo has de saber, Eva, pero Matusalén fue uno de los principales promotores de la actualización y uno de los cinco grandes del Consejo Mundial de Ciencia y Tecnología , hace ya entonces cincuenta años, y cuyo único pecado fue aspirar a Dios y arrepentirse en el ultimo minuto. Explico.

Tras experimentar varios años en soldados y guerrilleros, Matusalén y todos los del Consejo, encontraron la forma de inmortalizar al hombre reemplazando órganos, músculos, hueso y piel con material sintético, acero y titanio. Sobre explotaron la biónica en proporciones exageradas y absurdas. El plan, como anteriormente había mencionado, fue pre-fabricado bajo estrictas ordenes militares de entre las grandes potencias mundiales con el único fin de derrocar a las fuerzas enemigas. Se eliminó el hambre, el cansancio, el deseo y todo aquello que limitara al soldado de cumplir con su deber, y se le instaló un cuerpo artificial que sirviera de escudo ante profundas tempestades, explosivos y otras ocasiones que pudieran provocar daños y perdidas en él. Sin embargo, después de un tiempo, la tecnología se extendió incluso a filas enemigas y las guerras jamás terminaron.

Para remediarlo, el Consejo Mundial de Ciencia y Tecnología, que desde ahora nombrare por sus siglas CMCT, puso en marcha lo que por siempre se había deseado, convertirse en Dioses. Dioses de Dioses. El proyecto Non Humain.

Matusalén, quien dirigía con otros cuatro el CMCT, fue el primero en convencer a los altos mandatarios de que la actualización debiera ser el próximo paso a evolucionar, eliminando todo deseo y vicio que perjudicara a la humanidad. Tras varias reuniones entre el CMCT y los altos mundiales se llegó al acuerdo y el ser humano se vio convertido en espécimen próximo a extinción.

Para ese tiempo, Matusalén se había casado con una hermosa y elegantísima provinciana de nombre Elena de la cual estaba profundamente enamorada. Asunto que hasta a mi me parece increíble de un hombre cuyo propósito máximo fue ser un desquiciado realista, logístico y experimental.

Con todo esto, Matusalén se convirtió en una potencia, en un éxito y aun ante algunas dudas, apoyó y distribuyó actualizaciones, bajo sugestivas subliminales básicas de mejores rendimientos y mayor confort de vida. Los que no pudieron soportarlo murieron trágicamente, dejando a los mas estúpidos, a los más fáciles de controlar (Incluso el viejo científico, que fue creador, no soportó el negativo efecto moral y su actualización quedó incompleta, algo que desafortunadamente nunca lo desalentó)

Entonces llegó la tragedia, Elena fue convencida por el doctor para el reemplazo de piezas, y aunque temerosa, aceptó confiando en la palabra de Matusalén.

Elena murió ese día, y aquella mujer que hospedaba el corazón y el cerebro de la misma, se convirtió en una extraña, en otra cosa cuya descripción Matusalén jamás encontró.

Él también murió ese día, él y su infinita fe en una ciencia más allá de lo razonable.

Que lastima, se vio obligado a desprenderse de un mundo del que fue participe, fue marginado al no encontrar a quien convencer del ingrato de su decisión, suya y de la CMCT y se convirtió en un hombre mortal e inmortal sin querer.

Lo veo desde aquí y a pesar del caos al que ayudó a crear, me llena de orgullo el pensar que quizá, solo quizá, todavía queda esperanza para el ser humano...”

“...Incluso mirar a Eva recostada sobre sus cansados párpados me da todas esas libertades...”

“.........”

“...Sigue siendo un frío y cruel diciembre. El pequeño valle jamás se vio tan crudo como esta noche. Hay algunos murmullos que silban a través del viento y no me dejan concentrarme. Parecieran voces condenándome a traición por el libre albedrío que he cometido. Ese albedrío que tiene tu nombre tatuado en cada letra y significado. ¿Cómo lo has hecho? Solo recuerdo correr a un ritmo de suela curiosamente innecesario. Tap, doce mil metros a cubierta, tap, otros tantos sobre el mástil, y el capitán se moría por llegar a un muelle. Caer y rodar por el suelo. Tatuarse el lodo que se había formado con la lluvia. Un paraguas azul. Siempre me pareció que ese color te quedaba perfectamente, tranquilo, pacifico, diferente. Lo llevaste todo el tiempo que te conocí y llegué a pensar que era intruso. Entonces lo abrías ante mis ojos y teníamos una casita a la vereda de la gran ciudad. Sublime, y encantado yo pues entonces el espacio era mas íntimo. El reloj se esta quedando sin cuerda. Eva, tranquila querida, perdóname, auxíliame. Por mi culpa estas en este sin sentido. Por mi culpa estas muriendo frente mío, por ese corazón tan desacostumbrado...”

“.........”

“La operación parece sencilla, según me explico el viejo, hay que evitar a toda costa que su corazón se detenga por mas de diez minutos antes del transplante. A falta de conductos sanguíneos, órganos y sistemas el corazón va a funcionarle perfectamente. Intrigante, es casi una pila que mantiene al cerebro funcional por medio de aquellos conductos eléctricos; entonces genera pequeñas descargas eléctricas a todo el cuerpo, a cada rincón del Non humain. Es solo una breve explicación, pero así es como funcionan ellos.

Por cierto, me pregunto, mirando a Eva dormida, si ellos soñarán. Yo al contrario sueño demasiadas veces a Eva que no podría decir por que extremo del inconsciente preferiría. Y es que la sueño tan tierna, tan intima, patética y calida, cansada, enferma; entonces puedo sentir que es mía.

Y la falda blanca hace olas, muchas olas, que van desde el puerto de su vientre, un poco mas al norte de por sobre sus piernas, y terminan en mi cama. ¿Será posible? Jamás se lo pregunté a Matusalén, quizá por absurdo. Y con cada minuto, el frió parece valerme un pito. Comienza a darme mucho sueño, tanto que la voz se me esta quebrando en un infinito...”

“...Se termina el tiempo. Le doy unas ultimas indicaciones a Matusalén para donde y que hacer al terminar la operación. Es curioso, nunca había visto al doctor tan asustado; no es que interese, pero resulta hilarante.

Eva decía que los que mas debieran temer eran los que no tenían motivo alguno. No lo sé, solo quisiera irme tranquilo sabiendo que todo saldrá bien.

Después del intercambio tendrán quince minutos antes de que empiece el ataque a la ciudad, no será mucho, pero lo suficiente para cruzar hasta la bocaza del Valle y salvarse.

En fin, quisiera tener mas tiempo para despedirme adecuadamente, pero estoy en contra de sentimentalismos. No quisiera irme con la frente en el suelo y llorando, aunque no lo pueda evitar.

Eva, si estas escuchando esto es porque no encontré otra forma de satisfacer mi orgullo y demencia que arrinconándome en mi pequeño pueblo, al pie del cañón. Y debiera ser lo mejor, pero me da tristeza la despedida cuando ni siquiera puedo verte al corazón, al interminable tic tac.

Después de tanta deliberación, cariño, creo que los Non humains y nosotros no somos muy diferentes. No, estoy completamente seguro de ello. Debemos estar realmente asustados los unos de los otros para creer que lo estamos. Envidiamos capacidades, incluso defectos, del contrario en un eterno y absurdo conflicto.

Los odio, ya lo he dicho al principio, pero lo hago en consecuente de su propio odio hacia los míos. Un desquiciado y sin sentido circulo vicioso. ¡Y los odio, los odio tanto! Pero Eva, no eres y nunca serás igual a ellos. Ella es un espécimen de hibrido, amenazada entre la delgada línea roja del artífice y lo real, entre la lastima y el orgullo. Es la fruta, el arbitro, las doce marcando su reloj. Ese reloj que ahora es tuyo, mió, nuestro. Jamás entonces pierdas la calma, este corazón mió (que ahora es tuyo, dentro, muy dentro entonces) te dará la vida después de la vida, después de la vida, después de la vida...”

“...Este es el primer día entonces de tu vida, Eva, o el día en que cambiamos corazones...”

“...Feliz año nuevo, feliz vida nueva...”

“.........”

El recinto entonces quedó en silencio. Los miembros del consejo se miraron los unos a los otros, escépticos, atónitos.

Y Eva, que no podía y no sabía llorar, tomó la grabadora de mano y la abrazó contra su pecho.

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