domingo, 8 de julio de 2012

Crónicas de un desayuno continental



Crónicas de un desayuno continental

Por J.P. Medina

Desde que Larisa trabaja en ese viejo café yo ya no duermo mucho tampoco. Su horario le exige, puntualmente, presentarse a las diez de la noche en aquel tugurio de carretera y colgar el delantal a las seis de la mañana del día siguiente, toda la semana con un solo día de descanso. Al mismo tiempo, el mío me exige ir al sitio a las ocho de la mañana y entregar el taxi a las seis de la tarde, por lo que vernos había resultado ya una difícil tarea. Por esa razón, terminando con la jornada laboral llego a casa, como algo con ella y me acuesto a dormir, dejando la alarma para las diez de la noche. Larisa sale entonces a las nueve para alcanzar el último camión del día y yo despierto un par de horas más tarde, me doy un baño y salgo a buscar a Felipe, compañero de sitio, para que me regale un aventón hasta el café. Lugar donde he pasado la noche por las últimas dos semanas.
Este pequeño no es exactamente un negocio prospero o moderno, pero satisface las necesidades de los clientes. Hay unas cuantas mesas distribuidas arbitrariamente por el local, dos de ellas mirando a la ventana; una barra que separa la cocina del comedor y unos baños al fondo que por siempre serán el lienzo de artistas trotamundos. Finalmente, en una esquina muy bien iluminada, está instalada una rockola que el dueño a colocado para amenizar la digestión de los comensales. De vez en vez, cuando la consola no tiene créditos disponibles, toca una canción al azar que siempre es una buena elección.
Todo esto conforma el pequeño café de Mario, quien es el que le da el nombre al establecimiento y además es también el dueño, gerente, administrador, cocinero y hasta abogado de oficio del negocio. Todo un valiente si es que se atreve a abrir un lugar como ese a la mitad de la nada, con ningún otro cliente más que el ocasional perdido o el conductor nocturno.
Aquella noche, específicamente, no había mucha gente cuando yo había llegado. La campanilla sonó al abrí la puerta y Mario salió de la cocina a recibirme, sin salir de la barra. Larisa estaba atendiendo otra mesa, por lo que fui a sentarme en el lugar próximo a la ventana que da a la carretera. Justo frente a la rockola, que en ese momento sonaba Bye Bye Blackbird, interpretada por John Coltrane y Miles Davis.
-¡Oye, Mario!- exclamé, buscando al dueño con la mirada a través de la cortina que daba a la cocina.
-¿Qué sucede muchacho?- contestó él, sin salir de su área de trabajo.
-¿Crees que algún día pueda haber otra música en este aparato?
-¿Qué dices? ¡El jazz llegó para quedarse!
Sonreí y miré alrededor, tratando de aclimatarme. A parte de mi, sólo había una pareja de ancianos campesinos al otro extremo del lugar y el chofer de un camión que estaba estacionado afuera, uno de esos hombres que se convierten en clientes habituales. Una ligera lluvia había comenzado hace apenas unos minutos y ya se podía sentir el sofocar del calor de la tierra.
-Hola, Corazón- dijo Larisa interrumpiendo el ensueño. En sus manos traía la carta del menú, pero se abstuvo de entregármela. -¿Cómo vas a querer tus huevos hoy?
-Muy bien, veamos… - pensé. –Dile a Mario que esta vez quiero huevos gratinados.
Larisa rió delicadamente y anotó la orden en su libreta. Me pidió que esperara mi orden y que enseguida me iba a traer una taza de café. Acto seguido dirigí la cabeza hasta la cortina.
-¿Escuchaste eso Mario? ¡Quiero ver que cumplas con la garantía!- exclamé.
-¡Puedes apostarlo!- contestó.
La garantía no era otra cosa que un pequeño fragmento en el menú que avisaba que los huevos eran siempre preparados al gusto. Sin distinción ni censura, por lo que desde el tiempo que llevaba viniendo al café por las noches, había estado retando al buen cocinero a cumplir cada uno de los caprichos que tuvieran que ver con estos.
Pasados algunos minutos la puerta de entrada volvió a sonar con su tintineo de campanilla. Un hombre maduro, desgastado por los años, entró con las ropas empapadas. La lluvia se había intensificado, pero mi atención estaba puesta sobre aquel sujeto. Anteriormente había dicho que la razón por la que había estado pasando las noches en aquel lugar era para evitar los conflictos de horario entre Larisa y yo, pero había una razón más: él.
La rockola llevaba ya un rato en silencio. El hombre se sentó a dos mesas de mí y Larisa no se acercó, al principio, a entregarle la carta. Mario había salido para observar al recién llegado y le había dicho a Larisa que él se encargaba del asunto; pero ella, orgullosa como siempre, negó aquella orden y se acercó indignada hasta la mesa del hombre en cuestión. Los demás clientes se dieron cuenta de su presencia y el aire se llenó de una tensión desmesurada.
-¡Buenas noches, bella señorita! Lamento no haber pasado estas últimas semanas pero hubieron demasiados encargos para este mes y el tráiler ya no es lo que era antes…
-Buenas noches. En un momento paso a tomar su orden- interrumpió ella enseguida, ignorando la conversación del  viejo conductor. Este, al verse rechazado, tomó del brazo de Larisa con fuerza y sonrió.
-¡Espera! Ya sé muy bien qué es lo que quiero para esta noche, pero no es algo que encuentre en el menú.
En ese momento, víctima de la escena suscitada, me levanté de mi lugar haciendo un ligero estruendo con la taza de café. El hombre volteó a verme y soltó a Larisa.
-¿Algún problema, jovencito?- dijo él, tratando de apaciguar la situación. Larisa caminó hasta la barra y yo seguí hasta encontrarme a pocos pasos de aquel hombre.
-Acabo de enterarme hace poco que has estado molestando a sobremanera a Larisa durante los últimos meses. ¿Puedo saber porqué?
El hombre estuvo callado unos instantes, hasta que soltó una carcajada que incomodó al resto de los comensales. Se levantó de un impulso y, gracias a su altura, se quedó mirándome fijamente inclinando la cabeza. Esto no provocó en mi el ligero nerviosismo, pero sabía con certeza que tenía las de perder en una confrontación. El hombre comenzó a provocarme con palabras, pero al momento en que hubo un roce Mario salió de la cocina y se paró muy cerca de los dos. El chofer del camión también se levantó. Sólo la pareja de ancianos siguió sentada, nerviosos y asustados. El sujeto, en vista de la superioridad numérica, me hizo a un lado y habló:
-De acuerdo, de acuerdo. Me iré. Pero antes ¿podría pasar a su baño, si no es mucha molestia?
Mario tuvo que aceptar a regañadientes. El viejo conductor caminó hasta el baño y todos regresamos a nuestra cena. Larisa, en especial, corrió a regañarme por la imprudencia de mis actos. La rockola volvió a escoger otro buen éxito: Camptown Races de Dave Brubeck.
-Si hubiera sabido que para eso querías estar aquí me hubiera negado desde el primer día a que vinieras.
-No iba a pasar algo como eso de largo, Larisa.
-Lo sé. Gracias. Que quede claro que eres un idiota, pero gracias a fin y al cabo- contestó ella con un beso en la mejilla. Ambos sonreímos un poco y ella regresó a la barra.
La lluvia se intensificó a tal grado que el chofer del camión tuvo que posponer la salida para después. La pareja de ancianos, que parecía eran pasajeros suyos, se quedaron estancados también con él. De vez en vez la señora se levantaba e iba al baño, pero después de un rato se quedó dormida recostada sobre la pared; mientras que su esposo, apoyado con el bastón, caminaba de aquí para allá, conversando con Larisa o con el chofer. Durante algún momento de la noche la tormenta provocó un apagón que duró cerca de 10 minutos, dejando inconclusa la hermosa melodía de Checkfield, A look to América, que había escogido apenas unos minutos atrás. Larisa me entregó la cena, cuando la luz regresó; y Mario sólo miraba desde la parte trasera de la barra regodeándose de que el buen cocinero había cumplido con la garantía. El café fue servido algunas rondas más y la rockola mantuvo un trote de descanso y carrera.
Sin embargo, fue después de un rato que nos dimos cuenta de que el viejo conductor del tráiler no había salido del baño. Mario, con la paciencia agotada, fue a buscarlo. Al entrar, una escena escalofriante lo hizo retroceder y salir corriendo. Sin saber que fuerza fue la que me llevó a abrir la puerta del baño, me encontré con el sujeto en medio de un charco de sangre. Fue un vistazo rápido, pero los detalles se quedaron grabados dentro de mi cabeza: varias marcas de apuñalamiento en la parte baja del torso y unas cuantas más en el pecho; el pantalón se encontraba desabrochado y las manos agarrando las paredes laterales del pequeño cubículo, víctima de una caída que no pudo detener. Contuve la nausea el tiempo suficiente para observar otras partes del baño. La llave del grifo estaba un poco abierta y había algunas manchas de sangre diluida en el contorno de esta. Quien quiera que hubiera sido no tuvo mucho tiempo para eliminar cualquier rastro de lo acontecido. Salí después de eso, el olor a sangre me tenía mareado.
-¡Cof, cof! ¡Larisa, llama a la policía!- exclamé, inmediatamente al salir. Larisa corrió hasta el teléfono pero volvió no pasados unos segundos.
-No hay línea, Oscar, parece que la tormenta arruinó los cables telefónicos.
Maldije la suerte. No es que no estuviera feliz de la muerte de aquel tipejo, pero no dejaba de ser una muerte horrible que no se le podía desear a nadie. Mario se acercó a mi y ambos concluimos en que aquel que había matado al viejo conductor debía seguir en el establecimiento. No sólo por la tormenta, sino también porque no habíamos escuchado, en ningún momento, el tintineo de la campanilla de la puerta principal. Nadie había salido ni entrado desde que el hombre había pedido utilizar el baño. Con esto en mente, pensé que sería un riesgo el tener a Larisa en un lugar así sin saber quien había matado a aquel pobre diablo.
-¡Muy bien todos, escúchenme!- dije en un de repente, atrayendo la atención de los demás. –Para los que no sepan todavía alguien mató a un hombre en el baño hace apenas una media hora. Creemos que el asesino no ha salido del establecimiento ni es alguien ajeno a los que estábamos cuando lo vimos llegar. Si no es mucha molestia ¿Podrían decirnos cada quien donde estaban y que estaban haciendo durante esos treinta minutos?
Con esto dicho nadie se atrevió a cuestionar la sugerencia. Mientras que yo le preguntaba al chofer y a Mario sobre lo que habían estado haciendo, Larisa se dedicó exclusivamente a la pareja de ancianos que se encontraban sumidos en el miedo.
Al cabo de un rato Larisa y yo intercambiamos lo que habíamos estado escuchando y todos parecían tener una coartada lógica y sustentada. El chofer había estado leyendo el periódico e inclusive había terminado el crucigrama que venía en la parte de sociales. Nunca se levantó al baño y durante el apagón fue él quien ayudó a todos con una pequeña linterna de bolsillo. Mario, el cocinero, estaba muy ocupado en la cocina con el platillo que me debía. Ya había salido antes la comida del resto de los comensales y el mío fue el último en preparar por la dificultad que esta tenía. Cuando se fue la luz, Mario estaba revisando los fusibles afuera. No hay testigos de ello pero la lluvia seguramente lo hubiera empapado, y el baño, además de la sangre, estaba completamente seco, al igual que la víctima. Larisa dijo, brevemente, que los viejos habían estado todo el tiempo en el comedor. La esposa había ido algunas veces al baño, pero el crimen se había cometido en el de hombres, no en el de mujeres. Su esposo nunca fue al sanitario y cuando se produjo el apagón estaba al lado de su esposa. Como acotación dijo que incluso había escuchado toda esa canción que yo había elegido en la rockola (refiriéndose a To look for América). Miré de reojo a la pareja de ancianos y me di cuenta de que la señora seguía dormida, recostada sobre la pared. Puede ser que la vejez impida incluso el despertarse a la mitad de un asunto de homicidio.
Mario se acercó y me preguntó sobre Larisa e incluso sobre mí. Era obvio que teníamos que dar un pequeño testimonio de lo que habíamos hecho, pero no por ello me sentí menos molesto por ello. Larisa estuvo todo el tiempo a mi lado durante el apagón, y yo había sido visto por el chofer con su lámpara de bolsillo en algunas ocasiones. Antes de ello estuve siempre a la vista de todos mirando a la carretera, tomando mi café y escuchando la música de la rockola.
-Sí, incluso fue él quien buscó To look for América en la consola- dijo Larisa en un intento de protegerme. Entonces, como un rayo, pensé en la inconsistencia del testimonio de cierta persona. Lo miré desde lo lejos y sentí una pena que no podía disimular. Caminé hasta él y me senté a su lado.
-Hola señor, mi nombre es Oscar ¿puedo saber cómo se llama?
-Isaías, muchacho- contestó el anciano, un poco nervioso y asustado.
-Bueno, Don Isaías, ¿Me puede decir que hacía antes del apagón? Sólo para estar seguros.
-Ya se lo dije a la señorita… estaba aquí, con mi mujer, cuidándole el sueño. Hablé un rato con la camarera y también con el chofer, para saber cuando íbamos a salir.
-¿Y la canción?
-¡Ah, si! Una hermosa melodía la que escogiste, jovencito. Desde el principio hasta el final. Un poco nostálgica.
-…Gracias, Don Isaías, pero no creo que haya podido escucharla completa- el viejo se sorprendió por ello y me dirigió una mirada de súplica. –Verá, cuando una rockola se apaga a la mitad de un apagón esta no se enciende hasta que se desconecte y vuelva a conectarse. Para eso, si una canción sigue en el repertorio a la espera se mantiene así hasta que es encendida.
Mario se dio cuenta de que, efectivamente, la rockola no había sonado en ningún momento después del apagón. Se le había olvidado reiniciarla. Para cerciorarse de que no estuviera equivocándome caminé hasta la consola y la volví a encender. Hubo un largo silencio hasta que por fin A look to América comenzó a sonar, desde aquella parte donde se había quedado. El violín, ligero y triste, comenzó a resonar a través de las cuatro paredes del pequeño negocio. La lluvia ya se estaba calmando para ese entonces.
-…Si, fui yo.- exclamó, a punto del llanto. – Ese hombre… ese hombre es malo. Él… atacó a mi esposa hace algún tiempo. Le hizo cosas…
-No dudo que haya sido así… pero Don Isaías, creo que no fue usted el culpable.
Todos se quedaron callados. No se necesitaba ser un genio en ese momento para saber cuál era la verdad detrás de los acontecimientos de esa noche. Pasé los ojos hasta la señora, la esposa de Don Isaías, quien seguía dormida con un respirar fuerte y sudor en la frente. No lo habíamos notado, pero la señora estaba recuperándose de una fuerte agitación. Cuando el hombre se había dirigido al baño, la mujer se quedó un tiempo sufriendo en silencio una crisis nerviosa que la hizo ir varias veces al sanitario a refrescarse. Durante su último viaje, en lugar de entrar al baño de damas, entró al de hombres. Sabía aquel desgraciado seguía ahí, pues no lo había visto salir. Revisó cada uno de los cubículos hasta encontrar el que tenía los zapatos enlodados. Tocó a la puerta y esperó. No había respuesta. Volvió a tocar varias veces hasta que aquel hombre contestó con insultos que lo dejaran en paz. Ella insistió, sacando de entre sus ropas un machete muy utilizado en el campo. Cuando el hombre abrió la puerta la mujer clavó el filo del arma en la parte inferior del torso de aquel pobre diablo. Una y otra vez. Terminado el acto fue al lavamanos y se enjuagó superficialmente. Se colocó el arma, también enjuagada, entre la ropa y salió. Fue Don Isaías quien, cuando se dio cuenta del machete ligeramente ensangrentado, salió al baño de hombres aprovechando el apagón para clavarle un par de veces más el arma al pecho del hombre, para así incriminarse por si hubiera necesidad de ello (la diferencia de altura indicarían que había sido atacado por un hombre de la estatura del viejo conductor). Escuchó parte de la canción, pero su mente estaba en otro lado, por lo que no se dio cuenta de que al apagarse la luz se había apagado la música también. Eso fue el acabose.
-No es mala… ese hombre lo era… la atacó. Abusó de ella y de su fuerza… y mi pobre Dolores se ha quedado muda desde entonces… ¡Lo merecía!
 Y nadie pudo detener el llanto de un hombre que pedía a Dios por el bienestar de su mujer. Ni siquiera el estruendo de un trueno allá a lo lejos. Todos nos quedamos en silencio.

-¡Mario! ¡Huevos Florentinos!
-¿Qué no te cansas de comer siempre huevos, Oscar?- preguntó sonriente Larisa, anotando la orden sólo para mantener un poco de organización, pues Mario ya había escuchado el pedido y se disponía a mantener el reto a flote. –No tardo, Corazón, traeré el café.
Han pasado algunas semanas de aquel incidente nocturno. El café estuvo cerrado algunos días pero re-abrió sus puertas hace apenas un par de noches y yo había vuelto a no volver a dormir mucho. Como Larisa.
La carretera se mantiene en silencio, con ocasionales brisas que hacen melodía al romperse en los acantilados. No hay mucha gente, como de costumbre, pero la música sigue siendo atinada y refrescante. Hubo algunos cambios, claro. Los baños ahora tienen cámaras de vigilancia para evitar nuevos altercados y afuera, cerca del olmo que da sombra al pequeño establecimiento, yace un montoncito de tierra que nadie va a extrañar. Sobre todo no Don Isaías y su esposa, quienes prometieron volver pronto para acompañarnos en la velada.
-Por cierto, Oscar ¿porqué sigues viniendo a pasar la noche aquí si ya no hay algún peligro?- pregunta Larisa, después de servirme el café.
-Bueno, esa no era la única razón. Verte es razón suficiente para siempre regresar, Larisa.
Ella me regala un beso y vuelve a la barra. Mientras tanto, Bebop, de Dizzy Gillespie, sigue sonando en la rockola y todavía quedan bastantes recetas con huevo con lo que entretenerme por el resto de las noches.


lunes, 22 de febrero de 2010

El Circulo Escorpión


El Círculo Escorpión


Por J.P. Medina


Acto I

El escenario es una simple fachada de viejo y pobre cementerio. Hay unas cuantas lapidas al fondo y una sola al frente. Las lápidas del fondo tienen a su alrededor flores y coronas, pero la lápida que se encuentra a primera plano está sola y abandonada.

El cielo está gris pero no llueve. No hay gente a los alrededores, solo están el viejo Virgilio y su también anciano amigo Cristos, de pie, con unos maltratados trajes en negro a los que ni siquiera les han tenido el cuidado de atenderles, fajarles la camisa o arreglarles la corbata casi deshechas. Por un largo rato siguen en silencio, con Virgilio deteniéndose el pantalón con las manos al bolsillo y teniendo al anciano de Cristos fumándose un cigarrillo a su izquierda.

Parece que esperan a alguien, que tienen un pacto de silencio absoluto hasta que se complete el circulo, hasta que el ultimo de los ariscos vejetes se abra paso al último radio.

Entra Oliver a escena. Los otros dos amigos lo ven llegar tranquilo, sin prisa alguna. Cristos dispara con los dedos lo que le queda de su cigarro justo a tiempo para sacudirle la mano a Oliver con la propia misma. Virgilio también lo saluda y al finalizar este ritual, Oliver queda atento a la lápida olvidada. Por unos minutos ninguno de los tres dice nada.

Cristos
Toma, he comprado de esa misma basura de marca que a ti tanto te gusta.

Cristos acerca el brazo para con Oliver, sosteniendo la cajetilla de cigarros. Oliver toma uno de ellos y se lo coloca en la boca mientras saca un encendedor de su bolsillo. Ninguno de los tres deja de mirar hacía el punto exacto donde yace el cuerpo, enterrado a quien sabe cuántos metros bajo tierra.

Oliver
¿Y puedo preguntar a que se debe tanta atención de tu parte, Cristos? El muerto aquí es Johan, no yo. No le quites protagónico. (Enciende el cigarrillo y después de una bocanada de humo se dirige nuevamente a Cristos) A mí, a mí que me cuelguen por impreciso e impuntual, nada más.

Virgilio
Quisimos evitar la consecuencia. Ya será problema tuyo.

Oliver
Vamos, siempre he sido impuntual. Johan lo sabía. Hubiera sido una enorme falta de respeto presentarme a tiempo cuando Johan sabe que no estoy para esas tonterías.

Virgilo
Que va. Para tonterías: las de Johan. Mira que morirse de eso, cuando tu fumas el doble de lo que él lo hacía.

Cristos
Sucede que a Oliver le importa un pito. Johan fue siempre un hipocrondríaco. Y ya ves, esos delirios son mas peligrosos.

Oliver
Sucede que fue un idiota. Siempre supe que sería el primero.

Virgilio
¿Y porque?

Oliver
Por matrimoniado, hogareño y abuelo. Esas cosas no van con el Circulo, y él lo sabía. Para felices, los crédulos. Y ahora vean lo que les pasa a los crédulos.

Cristos
Tu también te has casado ¿Lo olvidas? Así o tanto como Virgilio.

Oliver tira al suelo la colilla del cigarro y la aplasta con la suela del zapato derecho. Mete las manos a los bolsillos de la gabardina.

Oliver
Me casé, si. Pero es muy diferente casarse y cumplirle a Darwin los caprichos; que casarse y escribir. Vamos, no digo que no ame a Paulina. Sencillamente me he limitado a quererla y no esperar morirme de un ataque cardiaco.

Cristos
Razonable.

Virgilio
Además, es justamente como ha dicho Oliver. No estamos para esas chingaderas de ser felices. A lo mucho aspiramos a hacer felices.

Cristos
Conosco el voto. No importa como, no importa donde, no importa el qué... hay que hacerlas felices. Lo sé, lo sé. El estatuto me ha estado rompiendo la cabeza desde que lo establecimos.

Oliver
De que te quejas, fue gracias a ello que somos lo que somos, incorporando el Circulo Escorpion.

Vrigilio
Las mujeres. Irónico.

Oliver
Las mujeres, las sociedades, la critica practica, sensata y sencilla.

Cristos
Lástima de Johan. Nunca pudo acostumbrarse al realismo magico.

Virgilio
La culpa la tiene solo el. Ahora que, el viejo Johan, ni hablar. Ese si era un hombre de propiedad.

Oliver
Creo que el mas sabio de los tres. Pero no soportó la presión. Al final obtuvo todo y se aburrió. ¿Que mas le quedaba? Luchó toda una vida por conseguir lo que quería y cuando por fin lo tuvo ya no tenía otra cosa que hacer.

Cristos
Tan facil que es vivir sin superficionalismos. O por lo menos, no depender de ellos al grado en que te mueras por un cancer de pulmón.

Virgilio
Haciendo uso de su palabra: Al final, cuando lo tienes todo, tan facil y sencillo que es que se vuelva espuma.

Oliver
Claro que eso depende de lo que se tenga. Un hombre debe tener prioridades. Debe saber equilibrarlas al tu por tu cuidandose de no ser llamado antisemita o discriminatorio.

Cristos
Claro, pero por esos comentarios es que la gente se traga cualquier cosa. El consumismo es otro cancer. Va desgastandole a uno la vida y al final solo les queda un espectaculo de marionetas humanas. Hay demasiado sexo en la television.

Virgilio
Si. La television debe tener mas sexo que un ser humano promedio. Que disparatado.

Cristos
Maldita sea esa hada de la taza del café que nos espanta el sueño y da besos llenos de vinagre.

Oliver
¿A que grado un hombre puede llegar a ser participe solo para demostrar el cliché de la vida moderna? Idiota de Johan, se tomó muy a pecho el estudio que termino siendo el objeto de experimento.

Virgilio
Nos quedan sus bloc de notas y este agujero de tierra removida.

Oliver
No me referia precisamente a esto cuando sugerí el cambio de ideología. Lo malo del caso es que no muchos entienden que saber no significa que debas arruinarte de esa forma. Sino que, al contrario, se puede disfrutar del asunto en cuestion.

Virgilio
Nosotros ya nos jodimos. Eso hemos de dejarlo para la proxima minoría marginada.

Oliver
Ni modo, bienvenido al mundo del 99% mi estimado difunto. (Oliver se coloca en cuclillas como para cersiorarse que la tierra haya sido removida, que la lápida no contenga faltas y que el cadaver esté apropiadamente encajonado)

Virgilio
En fin. El Johan mujeriego, culto y sabio lo enterramos ya hace mucho. El hombre que, en su juventud, hablaba de escapismos al campo, de antropologismos exagerados y de fríos razonamientos murió el día en que salimos de la universidad. Dejemos descansar en paz a este patetico.

Cristos
Le falta revolución a esta humanidad. Inmortales los que no creen en la muerte. Porque la muerte es pura y mera sugestión. Es otra hipocondría. Los Dioses no son mas que hombres que no tuvieron diccionarios. (Cristos saca la cajetilla del bolsillo y le ofrece un cigarro a Oliver. Oliver lo toma y Cristos toma otro para él. Enciende el cigarrillo y camina un poco a la salida de campo muerto) Andando, conosco un bar cerca de aqui.

Virgilio
Al menos el viaje no fue en vano. Vamos, Oliver.

Virgilio y Cristos salen de escena a paso lento. Oliver juega un poco con el cigarro aun sin prender con sus manos y lo coloca bajo el pedestal de piedra, justo encima de donde sabe bien tendrá la frente al cielo el pobre de Johan).

Oliver
Con cuidado, camarada. El tabaco podría matarte.

Oliver se levanta sin dejar de ver la lápida y acto seguido sale de escena, con las manos al bolsillo de su vieja gabardina.


Acto II

El mismo cementerio de antes, con la misma fachada de abandonado y caótico. Sin embargo, ahora llueve. El cielo esta abarrotado de nubes grisaceas y el suelo se ha llenado de lodo. Las flores se asotan contra las tumbas al fondo y ahora hay una segunda lápida a primer plano ahí donde se encontraba la de Johan.

Un Oliver y un Virgilio menos viejos pero aún así entrados en carnes miran ahora esa segunda lápida, la conjunta. Ninguno lleva paragüas con él. Sencillamente dejan que el agua caiga y se desahoge. Que se desquite con las ropas y la piel tan malacostumbrada para así darle honor a la reunión. Oliver prende un cigarro y cubre el pobre con la sombra del sombrero, aunque eso no deja de salpicarle el rostro de desesperacion al ver algunas manchas de agua en el tabaco.

Ninguno de los dos dice algo en un rato. De vez en cuando Virgilio arregla el cabello mojado con una mano y aprovecha para rascarse las cienes.

Oliver
Maldita sea, Cristos, la verdad es que que pésima temporada se te ha ocurrido para darte un tiro en la cabeza.

Virgilio
Dramático y anarquista hasta después de muerto. Quien lo diría.

Oliver
Pues ve tu a saber. Pero todavía no puedo entender como es que el muy imbecil tuvo las agallas de colocarse una pistola en la cabeza y jalar del gatillo. Así sin más.

Virgilio
Vamos, el hombre estaba loco. Yo si me lo esperaba. Demasiado caos nihilista en la cabeza y de repente ¡Bang! A salpicar de rojo los sillones. Y vaya, que desperdicio de muebles.

Oliver
Que grado de decencia la de él de suicidarse. Se le ha quitado lo Dios, al muy humilde. (Oliver tira el cigarrillo a medio consumir. Ya de nada le sirve tenerlo empapado sin el divino punto anaranjado del final) Puta madre, ni siquiera fumar me deja, el canalla.

Virgilio
Quizás es que al final no le apetecía mucho la tontina. Él era de gustos mas excentricos.

Oliver
Si. No salía de la orquesta ni de Nietzche. Solo le faltaba acostarse con su hermana. Por suerte era hijo unico.

Virgilio
Y sin embargo, gracias a él nos conocimos tu y yo, Oliver.

Oliver
Como olvidarlo. Me había tocado la suerte y desdicha de entablar un debate allá en tiempos universitarios con él. Recuerdo muy bien su arrogante y obstinada manera de sociopatía. Nadie podía seguirnos el paso, y estabamos a gusto con la pelea a dos verbos que entablabamos a la mitad de un montón de gente con miedo.

Virgilio
Las otras clases las compartía conmigo. Y por eso puedo decirte que te entiendo. (Virgilio tose un poco) Lo mas perturbador era su sonrisa. Siempre maquiavelica, siempre a un erizar de piel. Creo que en mi vida lo llegué a ver con otro gesto en el rostro que no fuera sonriendo. Ni siquiera sucumbía a enojarse, o a entristecerse, o a asustarse. Que miedo el de tenerle a un hombre que no salía mas allá de un estado anímico único.

Oliver
Entonces un dia el me comentó que debiamos conocernos tu y yo, Virgilio. Casi como un retorcido plan de que al final estaríamos aquí, en una tarde lluviosa, empapados y sin tabaco, hablando estupideces de un hombre que afirmaba ser un filosofo casi griego, casi platónico. Aplaudiría, pero me niego a seguirle la corriente.

Virgilio
Y que día fue ese ¿No es así? Recuerdo muy bien terminarnos tres botellas de cognac y quedarnos sin un centavo para el resto de la semana. En estos tiempos, la buena charla y el aprendizaje dogmatico no sirven para comprar el pan.

Oliver
Pero eso no era nada. El pobre hombre obstinado en la dominación mundial. Si le hubieran dejado todos estaríamos jodidos.

Virgilio
Jodidos, pero sonrientes. Así como él mismo.

Oliver
Entonces vinieron otros tiempos. La llegada de Johan, el cuarto Escorpión, el maestro que fue derrocado no bien saliendo del Alma Mater. ¿Cuanto duró con nosotros? ¿Unos tres meses?

Virgilio
Quizás menos. Nunca se adaptó. No estoy seguro si por superior o por debilucho. De cualquier forma, el Circulo era Circulo y no habia mal que por bien no viniera.

Oliver
No podría estar mas de acuerdo.

Oliver y Virgilio se quedan otro rato en silencio. Oliver se dá cuenta que a la mitad de la tierra remojada, hay una rosa empobrecida. Se levanta el cuello de la gabardina y se cruza de brazos.

Oliver
¿Ha venido María?

Virgilio
¿Quien más? Esa mujer siempre fue lo que Cristos necesitaba y al final solamente se conformó con besar un frío pedazo de falo, de gatillo y balas de plata. Freud ya se lo hubiera sentenciado.

Oliver
Irónico. Pero no hay que decir que no lo intentó. Tuvieron su largo tiempo juntos. Quizas más del que tu y yo tuvimos con nuestras esposas.

Virgilio
Pero también se acabo antes. Cristos se encerró demasiado en sus fetichismos antisociales y de dictadura espiritual que se olvidó del estatuto. Ya lo habiamos dicho, sino somos material de felicidad, al menos podiamos embellecerle un poco el mundo a una mujer.

Oliver
¡Y que mujeres nos tocaron en la vida! Unas si que hicieron difícil cumplir el juramento.

Virgilio
Fríos y lógicos, pero romanticos. Vaya combinación.

Oliver
Vamos, tambien muchas otras veces ellas no eran las del problema. Sino el ecosistema en el que crecieron.

Virgilio
¿Lo dices por Paulina? Que mujer. Que coraje, que intelecto y que terrenal.

Oliver
Ella misma. La única mujer que realmente pude querer sin polvo de por medio. Estúpido medio, pero que fuerza la de ella que aún así, a huracan y maremoto siempre se levantaba al filo del barranco y nada la azotaba. Daba gusto estar enamorado de ella.

Virgilio
Mía no estaba tan alejada de ello. Aunque simplemente era mas propensa a la impaciencia. Yo era joven y testarudo, cometí muchos errores.

Oliver
Algo muy normal, supongo. Con Paulina tambien me sucedió. Y jugamos demasiado tiempo a cortar comunicaciones y retornar aún mas enamorados.

Virgilio
Eso fue lo que me faltó. Pero a Lucy nunca le pedí nada. Ella tambien tenía su carisma y chispa. Los padres, esos, sus padres fueron en este caso el ecosistema que la contaminó. Para cuando por fin pude arrancarla del seno paterno ella estaba casi al punto del marchite.

Oliver
Lo hiciste bien. Siguió adelante y se recuperó. Cumpliste bien tu parte del juramento. Y sin estar orillado a ello.

Virgilio
Lo mismo digo, compañero, lo mismo digo.

Oliver
Aún así, pobre de María. Ella sí que perdió más de lo que Cristos. Se adelantaron demasiado a su tiempo, como cierta música de los sesenta. Ya cuando Cristos, siempre mas joven que nosotros, habia llegado a nuestra edad, donde despertamos en intereses sexuales, intelectuales y emocionales, ya solo le quedaba desaburrirse y romper esquemas como lo son los romances y salidas al café.

Virgilio
Creo que fue en la reunión del difunto Johan cuando fue la ultima vez, y de las pocas veces, que nos reunimos a beber algo juntos. Ya transtornado el pobre ni dormía. Muchas veces llegué del hospital a casa suya, muy entradas las tres de la mañana, y todavía me abría la puerta con las ropas de domingo. ¡Ah! Y con esa sonrisa tetrica que lo caracterizaba.

Oliver
Imaginate. Esos tiempos. Yo de ida y vuelta hasta el balcón de Paulina, esperando que siguiera en pie. Desgastandome el alma en buscar soluciones o solo buscando resultados de abrazarla a quemaropa mientras bebía y fumaba, y me mataba escribiendo. Tu, tu rompiendote la cabeza entre la especializacion, tu mujer que te tenían prohibida como cuento medieval y el trabajo en la choza de antigüedades. Johan aparte, entrando al mundo empresarial de ganar dinero para ganar dinero y tener mas dinero; su mujer tan sensual, tan indiferente, tan infiel y él aburriendose frente a su piscina viendo a los nietos crecer en el mundo que tanto atacó de joven. (Oliver suspira largo buscando aire en el pesado cementerio) Y Cristos...

Virgilio
Cristos insomnico, catastrofico y genio. No olvides que aun a su pesar, fue un genio. Torturado por lo que leía y conocía y se regocijaba.

Oliver
Pero vamos, tu y yo también hicimos lo mismo. Practicas de campo, que fue todavía más preciso. Saliamos a ver el zoologico humano y a imaginarnos como era que se tropezaban con la misma piedra dos veces. Apostabamos a lo que eran y muchas veces dabamos al clavo.

Virgilio
Ahí está entonces. Teníamos la idea teorica, la practica y la dogmatica. Por eso el Circulo funcionaba tan bien.

Oliver
Ahora es otra cosa. Ahora no puedo negar sentirme un tanto perdido. Me hace falta el racionamiento joven de Johan y las ideas temibles de Cristos.

Virgilio
Ya estamos muy viejos y muy jovenes para eso. Que reconstrucciones ni que nada. Para eso tengo el vino.

Oliver
Muy viejos y muy jovenes. Tambien muy tristes y muy abandonados.

Virgilio
Quedamos solo tu y yo. La tontina sigue su curso y no queda más que acostumbrarse al hecho de que el Escorpión esta quemandose en las brazas.

Oliver
En fin. Solo espero que el día en que me muera, recibir la atencion de una rosa, como el muy idiota de Cristos. Sería encantador tener bien decorado el panorama.

Virgilio
Bueno, me retiro ¿Necesitas que te lleve?

Oliver
No, me quedaré un rato más. A disfrutar del buen clima que Cristos nos ha enviado. No aprovecharlo sería descortés.

Virgilio
Va. Cuidate Oliver.

Oliver
Lo mismo te digo, Virgilio.

Virgilio sale poco a poco del escenario, y antes de salir saca una licorera del saco. La abre sin dejar de caminar y le da un sorbo. Cuando ya la está cerrando desaparece de la vista. Oliver se queda de pie, mirando la rosa. Enciende otro cigarro y mira al cielo.


Acto III

La unica luz en el viejo cementerio es el de un par de faros que alumbran los andenes. La noche se ha apoderado del lugar y Oliver se encuentra observando con un gesto de seriedad inquebrantable las tres lapidas seguidas frente a él. Oliver ahora se ve mas jóven. Tiene el rostro aún sin acabar y se puede divisar facilmente que aparenta unos veintiun años.

Junto a él se encuentra una maleta desgastada de cuero. Oliver se termina el cigarro a medio consumir y lo tira al suelo, presionandolo contra la tierra con el pie derecho.

Despues de unos momentos se agacha hasta la maleta y la abre, utilizando los numeros de combinacion correctos. De ahí saca una copa globo y una botella empolvada de cognac. Se puede apreciar que la botella tiene muchos años de guardada en un rincón. Quizas veinte, quizas treina, quizas cincuenta años. Se levanta llevando la copa y la botella en una sola mano y comienza el proceso de abrir el viejo vino. Vierte un tanto de él dentro de la copa y deja la botella en el suelo.

Oliver se toma el trago de un solo golpe. Sin pensarlo.

Nuevamente sirve otro tanto del Cognac sobre su copa y se levanta. Esta vez no se la bebe de golpe, sino que da pequeños sorbos mientras sigue viendo a los otros tres cardenales enterrados. Mira sus siluetas formadas por la tierra perfectamente delineada. La unica flor está sobre la tierra que baña a Cristos, pero es aquella que María le había dejado un tiempo atrás. A punto de quebrarse por la deshidratación y los años.
Oliver saca de su bolsillo una cajetilla de cigarros y toma uno para él. Lo enciende y sigue mirando por un corto rato mas a los tres camaradas.

Oliver
Si. Ya lo ven. Tarde pero he venido. Me conocen. Y como habia estado establecido me he ganado el derecho a la tontina. Pero, llevo tiempo pensando lo mismo, desde que supe la noticia de que Virgilio se había ido ¿Es realmente ganar el hecho de tener a los otros tres cardenales muertos y en silencio? Beber así no es beber, señores. Beber sin compañía y a la anticuada luz de un cementerio es romperse a pedazos. Casi una mofa. Entonces ¿Es eso? ¿Se están burlando de mi y de mi situación de vivo? ¿Del que se levanta acá arriba todavía cada mañana pensando que no le quedan muchas opciones al morir? Arrepiéntanse de haber tomado cada uno el distinto camino que me ha dejado a mi aquí, en calidad de vago, brindándole a tres pobres pedazos de roca. Mírense bien y díganme si no ha sido una bajeza el haber jugado a la ruleta rusa y haber ganado. ¿Y que es lo que me queda a mi? Ya tomaron los envenenamientos, los canceres efímeros y hasta las balas de plata en la cabeza. A mi solo me queda el peor de los casos. A mi solo me queda esperar a que la muerte llegue y que me lea mis derechos. Solo, así, con esta última botella de cognac. La que nos tomó mas de cincuenta años solo para darnos cuenta de que el Circulo Escorpión ya no es un círculo. Ni un triángulo; mucho menos línea. No. Ya solo queda el punto. Ese punto final que en las letras significa “se acabó”. El que deja una pauta a la incertidumbre. (Oliver da otro sorbo a su copa, lentamente) Lo sé, el círculo me espera en el infierno. Porque el Circulo Escorpión es ese círculo del infierno al que Dante se le pudo haber olvidado por completo. Por incompleto. El Circulo Escorpión es ese salto reservado, muy privado, restringido, casi un coto, de cuatro hombres casi bestias. Animales ponzoñosos. Con venenos mortales, incluso para los mismos. ¿Y para que tendríamos que estar en el Limbo? Nada de neutralidades. O Paraísos o mundos post-apocalípticos. Nada de conformismos. Mejor arder en el infierno; al cielo ni aspiramos. Pero no esperen un saludo de mi parte, ni un abrazo de hermandad cuando yo llegue hasta los campos de sulfuro. Porque beber asi no es beber, señores. Beber sin compañia y a la anticuada luz de un cementerios es romperse a pedazos. Es morirse sin morir. Es un dia del juicio sin los otros tres jinetes. Es saber que el 1% esta dividido a su maximo exponente y hay una bestia allá afuera que no compadece a los minoritarios. (Oliver se toma el resto del trago de la copa y arroja el vidrio al suelo. Toma la botella y bebe directamente de la boquilla. Toma aire) No. Ya no me queda nada. Se ha ido todo lo que una vez me importó. Mi mujer, mis amigos, mi familia y lo que restaba de mi fuerza. Me han dejado sin el aguijón y me quedo aqui retorciendome en la inmundicia. Y la tontina, que curioso, la tontina ha sido solo un juego. No fui consciente de lo que eso ocasionaría al proponerlo, aquella ultima tarde donde, sentados alrededor de una mesita de madera, escuchabamos el repetir de Mick Jagger y su You can't always get what you want. La botella a medio terminar y el sabor de ese cognac habia sido tan bueno que soñabamos como sería hacer gargaras con él a cincuenta años a futuro. Me imaginaba otro panorama. Me imaginaba brindar con ustedes gustoso y sin revuelta. Acompañado de Paulina y de mis hijos. Acompañado con los recuerdos que ahora me atormentan. (Oliver se lleva la botella a la boca y se termina lo que queda del vino. Se mantiene en pie aun a penas. El cuerpo ya le traiciona y esta constantemente al punto de caerse) ¿Quieren saber a que sabía este cognac a cincuenta años a futuro? A vino. Nada mas que a vino. Con olor a muerto y un circulo hecho punto. Y punto, camaradas, y punto.

La botella se le resbala de las manos al joven Oliver y como puede, sale del escenario. El suelo se queda entonces así, con la tierra removida, miles de colillas a medio terminar, una copa quebrada de un lado y la botella vacía del otro, sobre la tumba de Virgilio. Una flor marchita sobre Cristos y un cigarro sin consumir, empapado y viejo, sobre Johan. Una maleta recostada en el suelo y tres cardenales sentados al espectaculo. Riendose desde quien sabe donde solo por la buena interpretacion. Suenan los aplausos de los otros muertos enterrados, de aquellos del 99%, y el telón cae.

viernes, 17 de julio de 2009

Yo también detesto a Bogart


Yo también detesto a Bogart
Por J.P. Medina


“¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza!
Pero, ¿Acaso eso es poco para toda una vida humana?”
Noches Blancas, Fiedor Dostoyevski

Que sí, Abraham, ¿De que carajos me puede servir a mi mentirte? Tu me sirves la bebida, aquí tu tienes el control, yo solo me limito a contarte lo que sé de los viajes a Pangea; y lo que sé esta noche es eso mismo que vengo diciéndote desde temprano, desde que abriste: que yo también detesto a Bogart.

No, no estoy loco. Pero carajo… ¿Qué dices? ¿Qué ha preguntado por mi? Bah, como si me importara. Créeme, no me hace falta, no la necesito. Aquí todavía nos queda el nombre de Pangea. Ese mismo que eligió para dárselo a esta tierra; y por lo tanto, hay que romperse la espina por Pangea, camarada, para creer que reunificamos naciones. Así de diplomáticos, nada mas.

Ya, vamos, sírveme otro escocés, a mi pendejadas no, y pobre de ti si te pones quisquilloso y paternal con las cantidades. Mira Abraham, carajo, dejas al hielo hacer todo el trabajo, no le das al whisky ninguna oportunidad de ponerse atento a la línea más allá del corte de vidrio. Debe poder verse el alcohol tan separado de Escocia, solo así sabemos que vale la pena, viejo amigo.

Pero no, no insistas, ¿Qué quiere saber que he hecho?, ¿Que como he estado?, Chingada madre, Abraham, mírame, pero mírame bien ¿Qué es acaso tan difícil describirle el estatus?, Lo tengo tatuado en toda la cara. Pero no, para nada, lo que tu quieres es que cante. Lo que tu quieres es que le escriba sonetos y orquestas para piano y a capela; tu quieres verme derrumbado de una puta vez para contártelo todo como contándoselo a ella.

¿Qué que es lo que le contaría? Antes que decirlo te lo escribo en servilletas. Pero espera, que no termino de decirte porque es que yo también detesto a Bogart.

No, idiota, para nada, sus películas son lo de menos, su cirrosis me da igual y sus mujeres, todas trenes. No, a Bogart hay que odiarle por canalla, por arruinarme Pangea con sus sueños de ver a todos venir al bar de Abraham. ¡Estaba tan jodidamente obsesionado! Y no, no lo conozco. Es más, no creo haberlo visto nunca en mi vida. Pero maldita sea, yo también detesto a Bogart.

Porque somos muchos los que lo odiamos ¿Lo sabías?, No te burles, club de los fracasados mis huevos, ¿Tienes fuego? Gracias. Ahora que recuerdo, a Sarah le encantaba apagarme los cerillos en la boca y con la boca, aunque creo que lo que le pesaba realmente era verme inflándome el ego con humos de tercera. Mejor los besos, idiota, ínflate de ellos, decía. ¡Ah, Diablos! Abraham, detenme, no me hagas hablar más de Sarah en estos momentos, apenas si puedo recordar a Bergman, a Ingrid o a Ilsa Lund; recordar a Sarah sería fatal y uno ya no puede aguantar el desangrarse con la facilidad que se tenía de joven.

Pero puta madre, escribe tu, se me ha olvidado como era escribir. No, no, escribir idioteces como sea, pero escribir así, tan comprometido, es una bofetada a mano limpia, compañero. Deja, borra el Querida, que no se le ocurra pensar que la extraño. ¿Qué a que viene esto? Querida es para las tórtolas del árbol de navidad, Abraham, para las que están unidas del pico y tienen una sola cuerda cuidándoles las alas. No se vayan a caer y entonces ahí si que hacemos. ¡Ni llorar!

Ah, pero te decía, quítale el Querida, déjale los puntos suspensivos.

Ahora déjame hablarle a la servilleta como hablándote directamente a ti, Sarah. La servilleta ya no existe, no pienses en ella, es quizá solo un recuerdo del relieve de tu falda, algo irregular que no parece sanar ni cuando dejaba caminar mis dedos por encima de tu piel; pero muy por debajo del contorno del gran velo, por cierto.

¡Y como odiaba todos tus lápices labiales! Quería hacerlos arder. Los odiaba casi tanto como detesto a Bogart, solo que esto con más envida que coraje. ¿Y cómo no hacerlo si los infelices pedazos de cera gustaban de pasearse desnudos por encima de tus labios? Figúratelo, estuvieron ahí cuando te conocí y estuvieron ahí hasta que te marchaste. Puras epopeyas troyanas, puta madre.

¿Qué si me acuerdo de cuando nos conocimos?, Boba, como olvidarlo. Apenas levantaba este lugar y ya se nos había muerto otro pianista (Que por cierto, para estas bestias de notas tan adversas y dientes imperfectos mejor traer dentistas, que no se me olvide preguntar los precios). Y sin otra cosa que pasarnos el duelo esa noche entraste con toda la elegancia de ser Ilsa Lund. La misma mirada, la misma sonrisa, el mismo encanto de ver una boca tan perfectamente delineada por los bandidos rojos.

Vamos, si hasta tenías incluso ese artilugio de accesorio para la muñeca de un Lazlo que no combinaba con tus zapatitos de tacón. Bastante curioso.

Puta madre, ¡Y los hombres! Se enganchaban de ti como buscando que los eligieras para otro detalle en la ropa, quizá de pendientes que decorarle a tus orejas. Era cosa de risa. Y sin embargo tú sencilla, tú callada, riendo entre dientes no se qué carajos con el miserable de Lazlo allá lejos, sin soltarte el brazo.

Y no es que yo no quisiera quererte querer como querían que los quisieras los demás hombres. Trabalenguas. No, para nada, pero uno lo piensa, porque sabes que está ella hasta allá y tú te quedas aquí. No porque esté lejos, sino porque temes quererla más aquí que estando allá. Que caos.

No me crees ¿Verdad? No te culpo, me conociste así, cínico y desvergonzado. Arrebatado por el deseo de mandármelos a todos al diablo porque sé que necesitar a alguno era romperme las piernas sin consideración de las mismas. A esas si mis respetos, claro miladi, y más si tenemos explosiones de vino tinto en el cielo y no sabemos si tendremos que correr cubriéndonos con un triste pedazo de nota roja.

Y yo también detesto a Bogart ¿Te lo he dicho? Últimamente lo repito tanto. Abraham ya no quiere ni verme a los ojos con temor de que se lea con facilidad el escalofrío de su nombre. Pero será bruto, demonios, temerle no es lo mismo que odiarle. A Pangea hay que temerle, por ejemplo. ¿Cómo no sentirle pavor a un mundo nombrado así por ver a Bergman platicar? Esta tierra no tenía nombre. Tú se lo diste y a todos aquí nos encantó.

Pero te decía. Aquí toda la gente detesta a Bogart; y ni hablar de mencionar aunque sea un poco a Humphrey que de repente empiezan a perderse tiros y uno termina creyéndose toda esa mierda de la ruleta rusa. Así mientras pasa el tiempo.

Entonces tú estabas tan locamente enamorada de mí y yo bebía para no saberlo. Demonios, y el ridículo de verte tan abandonada las noches siguientes, que porque no querías ver más a Lazlo pero no sabías como mandártelo a chingar a su madre (perdona el francés, es una lengua que se suelta cuando a uno ya no le ve diferencia a los idiomas). Pero tranquila, no, sin sugestivas, el ridículo no estaba en tenerte sentada a mi lado sin decir una palabra, suspirando mientras me veías autodestruirme con las transfusiones de sangre. No, la vergüenza estaba en hablarte de romperme la espina por Pangea porque sé que tu no tenías la culpa de lo que esta tierra tan impredecible me había marcado con cicatrices la espalda; de cómo había asesinado a todos los que alguna vez no detestaron a Bogart.

Es todo esto de las trasfusiones, te digo, pero mejor vamos a tomarnos una pausa, chica. Abraham se está muriendo de risa y me da miedo que se le vayan las letras por otro lado. Es un temor de que se le salga hasta más allá de Quien-sabe-donde y se le olvide que la servilleta no está a la mitad de una bocanada de risa. Que lío.

Anda, Abraham, ya cierra el hocico, sino vas a cuidarme las espaldas entonces por lo menos sírveme otro trago. ¿Qué ya son suficientes? No me jodas, ni tú eres Jim y yo mucho menos Henry Chinaski. A mí no me interesa beber todos los días, solamente a todas horas.

Vamos, no le hagas caso, Ingrid. ¡Pero escribe, hombre! ¿No estabas tan ansioso de verme fracasar aquí mismo sobre la banca? Uno empezaba a disfrutar esta frontera de una barra de madera y ahora me dejas solo. Es difícil vivir de inmigrante, cabrón. Hay que estar atentos a patrullas y los francotiradores; y lo mejor que puedes hacer es servirme otro trago.
Míralo, es exactamente así, como cuando tú estabas aquí Ingrid. Como cuando me escondías notitas bajo la mano ya cansada diciéndome que me adorabas y que llorabas porque te contestaba con cualquier estupidez.

No era por ti, muñeca, ya lo sabes. Era toda esta necesidad de ver a la barra como una madre que me acogía en su seno, alcohol y mas desgracia. ¿No te es suficiente? Nunca lo es, no te preocupes. Me basta saber la cara que tenías al mirarme.

Ya, Ingrid, no se me olvidan las cartas, créeme. Ya se que ahí viene todo esto, yo se que ahí hay mas historia que la que teníamos. Pero ¿No es acaso justo para el juez escuchar las dos versiones de lo tanto que detesto a Bogart? ¡Hay que enjuiciarlo de inmediato, Sarah! Hay que hacerle ese bien común al pueblo, para que Pangea vuelva y se reunifique. Por los bienes diplomáticos, caramba. No es justo que siga allá afuera separando los islotes, para nada.

¿Pero que te pasa, mi querida Bergman?, ¿Ahora ríes?, Mirala, Abraham, uno aquí ahogándose en la mierda y a la dama se le antoja reírse. Si, tu también lo has hecho, pero de lo que te venga en gana a ti no me importa, hasta te invito. Ahora que Ilsa, bueno, si Ilsa se ríe es que ya todo se ha ido al diablo. Sin posibilidades de redención.

¿Qué no es eso?, Vamos, pues habla claro mujer, si ríes ríe con ganas, ¿Qué te has acordado de algo?, Es el peso de la memoria, nena, nada de lo cual impresionarse. Yo todavía tengo que cargar con la mía, con el tiempo en el que no quería detestar a Bogart, que no quería nada con Pangea y cuando ni siquiera sabía si decidirme entre llamarte Bergman, decirte Ingrid o no muy lejos de Ilsa Lund. ¿Sarah? De Sarah no me hables, Sarah me arruina el porte de infeliz. Como si no le hubiera bastado decir que se moría por volverme a ver.

A Lazlo ya ni lo he visto. Dicen que se aparece algunas noches por la casa y rompe mis ventanas. Habla no se que carajos de clavarme un cuchillo por la espalda pero eso a mi ya no me sorprende tanto. Lo que sí es pensar en la rosa blanca, ¿Qué era exactamente eso de lo que te acordabas?, Tan fácil como hubiera sido eso, Ingrid. Si, como no pensar en ello, aun me falta tanto el aliento de haber corrido hasta tu casa y dejarte la rosa sobre la acera.

Si, lo se, hubiera sido mas fácil esperar hasta el día siguiente. Si, también se que tu estabas ahí aunque nadie mas te viera y que con lo bueno que hubiera sido despertarte. Pero no, es que tu no entiendes, lo mejor era pasearse de ninja, andar sigiloso muy por debajo del balcón para que la rosa blanca fuera la panorámica del día siguiente. Nada mas una foto instantánea descansando en el banquillo.

Ya lo sé, ya lo sé, ahí empezó todo. Ahí ya nos habíamos deshecho de Lazlo y era una carrera todos los días por no saber que tenías para mi a medida de que el tiempo pasa. Nunca me había sentido tan enfermo, tan desafiado, tan roto de las sienes.

Y reías, porque no sabías hacer otra cosa. Llorabas, porque te faltaba perder algunas fichas más del ajedrez. ¿Dónde estamos, corazón?, En Pangea, querida, Pan-ge-a ¿Lo has olvidado?, ¡Qué va! Ya estamos aquí, solo perdí el sentido.

Mientras tanto aquí en el bar seguían muriéndose pianistas. Aún sigo pensando en la posibilidad de una ortodoncia de emergencia; debe ser que el piano está con las muelas picadas y por eso tanta furia. ¿Y a quien puedo pedirle entonces que vuelva a tocar As time goes by?, Con lo que me gusta esa canción. Hay algo en ella que me hace detestar tanto a Bogart y a la vez me llena otra copa de whisky. Aprende de ello, Abraham, así se sirven los tragos, con piano y a Sinatra, chingada madre.

Pero que va, mi querida Ilsa, ahora todo es melodía premeditada, rasgueos a unos acordes pesimamente involucrados. Todo es diferente, toda la música es insípida y de trastes predecibles. Hasta las notas lo sienten, hay Do, Re y Mis tan apenados que no quieren salir. Y no los culpo.

¿No era mejor bailar As time goes by, muñeca? Así, juntitos los dos, dejando que te recostaras sobre mi pecho mientras nos mecíamos como péndulos de reloj. Un poco a la izquierda y ni pensar en hacerlo más sobre la derecha. Y si, allá afuera quizá revoluciones, quizá boicots y otras pendejadas, pero adentro solo tu, yo y el piano (que en ese entonces se aguantaba los dolores de boca, también le gustaba verte bailar, me lo ha dicho la otra noche).

¿Hasta ahora se te ocurre preguntarme porque detesto tanto a Bogart? Mujer, que apresurada, siempre a la carrera, siempre inquieta. Que energía, que cansancio el mío de perseguirte por la noche. Me veía en el espejo y al otro lado un gigante que solo sabía decir mil veces: “Ya no queda fuego en el infierno”. Puta madre.

Sí, vamos al final, te daré el gusto. ¿Qué no es gusto?, ¿Qué solo es hacer llegar de una puta vez?, Como ves, Abraham, ese si es valor carajo. Ya sé que debería aprenderle eso pero yo ya estoy muy viejo para las interpretaciones. ¿Nos vamos?, Un rato mas, hombre, todavía quedan pilas de servilleta. No, no jodas, no nos clausuran, nos necesitan. Aquí todo el mundo nos necesita.

Vamos, que hasta el día en que no llegué todos se extrañaron. Venían molestos a reclamarte todo el chiste de que nada me servía ausentarme de las exigencias de Pangea para ir a verte a ti, Ingrid. Que les valía madre que fuera la última noche y que a nosotros no nos quedaba ni siquiera París.

Si, esa noche se separaba Pangea. Me di cuenta mas tarde de ello, cuando ya no estábamos sentados juntos mirando y no mirando al televisor. ¿Tu si la veías? Mentirosa. Ahí no nos acordamos de nada. Solo se que de un momento al otro corríamos porque nos perseguían algunos soldados de lata. Abraham dice que era el tiempo, pero a mi no me consta el hecho. ¿Qué le importa al tiempo que uno corra o no corra?, ¿Qué tiene de atractivo ver salir a dos jóvenes al fresco, de subir tus maletas y no mirar atrás?

Y allá afuera no existía nadie ni nada. Eras Bergman pero por primera vez en tu vida eras Sarah. Ni siquiera Ingrid y mucho menos Ilsa Lund.

Si, lo sé, no fui a verte partir, ni porque eras realmente Sarah y debía ser estúpido para dejarte ir. Pero no, no quise darle a Bogart esa última satisfacción. Llegué dos horas después, querida, aun a tiempo para el caos de riachuelos humanos, los murmullos con sabor a despedida y la estúpida turbina de la avioneta 43 llorándome como si hubieras sido tu misma la que me llorara.

Y ahí me quedé un largo rato. ¿No te dije, Abraham? Estuve ahí el tiempo suficiente como para poder afrontar el hecho de que yo también detesto a Bogart; porque cuando menos lo esperaba yo ya era el rastro de lo que Bogart fue alguna vez, un miserable arrepentido por la idea de no haberla visto dormir a la par. Eso era, todo se resumía a ello.

Curiosamente, en algo Humphrey tenía razón… no deberíamos cambiar el whisky por el Martini. Puta madre.

¿Y el último trago? Bueno, pues este va por ti, muñeca.

Salud.

viernes, 12 de junio de 2009

Ruleta rusa (I)


Ruleta Rusa (I)

Por J.P. Medina


Irse así como uno se va, a la incertidumbre, no es exactamente irse.

Es marcharse, quizá, pero dejarse también.

Es ver que estás allá lejos pero indudablemente estas aquí. Solo crees estar allá porque te has bronceado o porque tienes los calcetines llenos de arena.

Y apestas a mar. Apestas pero no lo hueles, es solo sugerir que apestas a mar porque no quieres aceptar que no te fuiste. Que te quedaste.

Ves que esa piña colada (que ya se ha derretido de tanto que la ves y no la ves) era sencillamente otra copa de ese escocés que tienes escondido en la cabala. Apestas a cigarro y no a mar; como uno creería.

Entonces ves una sirena. No es realmente una sirena, sino una mujer de bellos cantos que te araña el corazón, pero tu quieres creer que es una sirena, porque entonces sí podrías aceptar el hecho de que apestas a mar y que tienes los calcetines llenos de arena.

Como debiera ser.

Sin embargo, lo unico que tienes es el bolsillo ocupado por el falo de un arma; ni siquiera completamente cargada, ni siquiera totalmente descargada.

Ves que se hace tarde y la sirena sigue ahí, cantando y ríendo porque sabe que no es una sirena. Se mofa de pensar que tu crees estar bronceado y que ella es una sirena.

Ya no sabes que pensar, de todas formas. El escocés se ha puesto demasiado inglés y el mar funge como espejo nebuloso. Una niebla como las que se forjan en Buckingham, con la misma incertidumbre y un reloj dando las tres de la mañana.

Hace frío, pero no es porque estés en el mar al momento en que anochece; o porque has caminado por horas con los pies descalsos sobre la arena ya fría; es porque sabes que no estas en el mar y la puerta de tu casa lleva algunos siglos abierta.

Levantas un cigarro que tenías maltratado en el bolsillo y te lo colocas a la par de la cien derecha como pensando en como carajos se enciende. Porque lo has olvidado.

Sin embargo, al fin y al cabo, sabes que no se enciende porque no es un cigarro. Es sólo el arma omnipresente y es solo jugar a la ruleta rusa.


Ruleta Rusa (II)

Por J.P. Medina


Y si pudieramos pensar que te has ido, entonces es recrearse la idea de que estuviste ahí, aunque no fuera cierto.

Recuerdas haber caminado por la arena en tenis y calcetas, esquivando algunas de las olas que subian demasiado rapido cuando todos esperaban los contrario.

Pero es una mentira. Es el cigarro que te quema las cienes porque te decides a realmente jugar a la Ruleta rusa. Crees que entonces puedes fumarte ese cigarro y realmente creer que fuiste al mar a esperar las olas que subian demasiado.

Porque entonces podrías ver al infinito como viendo al infinito. Podrías mirar a la ventana como si fuera realmente un horizonte, con algunos islotes a distancia que hacen ruido a la linea horizontal tan perfectamente delineada.

Te recuestas en la arena porque sabes que no es mas que la butaca enfrente de la barra, la que te obliga a pedirte a ti mismo, bucanero un tanto cantinero, que te sirve otro escocés en las rocas. Doble, para que puedas seguir pensando que fuiste al mar.

La sirena no está ya más. Hay una roca donde ella reposaba, pero ella ya no está más. La piensas constantemente y te la imaginas en tus propios sueños, haciendo ya del mar un tanto bestia mitologica que desenrolla más y más leyendas de una sirena que ya no está, pero que quisieras que estuviera.

Se parece, pero no sabes si sea.

No sabes si sea porque el mar abierto se cierra y es una bahía. No sabes de donde vino ni a donde va, pero la bahía se va cerrando, creando así una ensenada.

Tu detestas las ensenadas.

Tu detestas las bahías.

Tu prefieres seguir ahogandote en alcohol (que no es piña colada, sino whisky, uno viejo que guardabas para cuando quisieras ir al mar y no pudieras hacerlo), tu prefieres apestar a cigarro y no a salina; a calor un tanto asfixiante que te hace sudar hasta que no sabes que tanto de agua eres y que tanto de carne y tal.

Piensas en la sirena. Y la sirena no es sirena, lo sabemos, es una bella mujer que te araña el corazón.

Pero tampoco es una bella mujer que te araña el corazón. Es la mujer que sueñas entre que fuiste al mar y no.

Es la que no te deja dormir, la que te hace beber, la que te asfixia el corazón pero que quieres besarle la mejilla atraves de un vidrio que sirve para que no se asfixie sin el mar.

Estas y no estas, fuiste y no fuiste y la sirena no es una sirena, es una mujer que no es especial pero que es la mas especial de todas.

Entonces jugar a la ruleta rusa o fumarse un cigarrillo por las cienes parece obsoleto.

Porque sabes que morir es solo pensar que estas muerto y no estarlo. Vivir es solo pensar que estas vivo y quizás estarlo; y además, tener los calcetines llenos de arena es solo creer que esta cancion no puede tener otra cosa que su nombre tatuado en la locura.

Una molto bella locura.

Bang.

lunes, 23 de marzo de 2009

Vals de tres versos para Valentina


Vals de tres versos para Valentina

J.P. Medina

Cada vez que toco la vihuela, Valetina se enamora.
Se siente entusiasmada.
No se le ve danzar per se, pero sonríe a sus adentros y le da una vuelta a su vestido, desviando las zapatillas por toda la vega. Alegrando todo a su paso.
Pero divago.
Algunas veces solo es cotonear la falda, o hacer de sus piernas un vaivén al deseo oscilatorio, con las manos a la espalda, luchando con el ventisquero de música y ritmo.

Es un vuelco de rueda que me hace desear seguir tocando. Para variar.

Y a Valentina le gusta reir, la enorgullece soltar una melodía entre dientes, pero lo hace tan discretamente que nadie la escucha. Vayas a creer eso, Valentina.
Mas que nada de una aventurera piadosa que tiene cierto encanto por la vigilia. Que llora encerrada al injusto vilipendio de un monton de incuatos y edipicos enfermos.

Valentina vestal, que curioso, un vicio para los acomplejados.

Y es un vicio muy mal pagado, porque cuando Valentina quiere, Valentina te mira. Y puede ser un segundo y nada mas, pero es convaleciente. Te cura.

Frustra que (por lo menos yo que vivo del fracaso) esté uno hundido en la mas vil de las lamentaciones y Valentina se las arregle para sonreirte y volverte loco en un segundo. Sin querer y queriendo. Como conociendo que al mas enfermo de corazón puede curar, sin esperar nada por ello.

Asi es. Esa sueles ser vos de lejos, esa sueles ser vos cuando me vuelvo viajero y recorro el argumento que viene a mirarte, a conocerte dentro de este espacio llano.
Que soy vouyerista y vosotras, Valentinas, distintas con cada uno de los conversantes, sonríen por un preciso momento, dejando todo lo demas a la imaginación.

(FIN DEL PRIMER VERSO)

Av. Deja Vu es el peor lugar para la ley, confirmado.

Cada noche hay un muerto tapizado en los vados de la acera. Cada dia el crimen se aprovecha de la ineptitud de las autoridades para hacerse de alguna travesura en los campos vecinos. Y pareciera que cada noche, aun para los pocos invitados, la avenida se muere por dentro.

Como un cancér humano de violencia y vanidad.

Y por consiguiente, nunca hay paz en Deja Vu. Lo sé.

Yo, por el contrario, tenia tiempo sin pasarme por ahí. Me lo tenía prometido.
Es verdad que un detective necesita ganarse la vida en ecosistemas tan vulgares como este, pero ahí siempre es perder más de lo que ganas.
Sin excepción.

Y que me dices a mi.
Todavía ahora puedo ver los disparos al corazón, la tension ahogandome en los vados, el vino excesivo, la sangre, el misterio carcomiendome las visceras y la mujer escondida entre las cortinas, parcialmente desvestida.
Pero tenia mis razones para volver (aunque ninguna realmente racional como para efectuar la transaccion). No lo sé, quiza es que no podía apaciguar las ganas de verme envuelto nuevamente en ese mundo post-apocaliptico. O quiza es que siento vincular toda esa magia visual con el sentimiento de soledad y reprimenda que tanto me importa.
Que va, al final quiza solo es que soy autodestructivo.

En fin.

La ultima vez que estuve aqui fui evocado de licencia por el fracaso que fue perder el caso del Cuervo y vino, asi que no tenía mucha prisa de invitarme al cuerpo de justicia inmediatamente.

Ah, el Femme Fatale Hotel, la escoria de la escoria vuelto una posada de tres estrellas y una cantina de mala muerte. Perfecto para un derrotado detective (además, tenía ya un largo tiempo sin tomar, y eso me ponía muy nervioso).

Empujé la puerta con gravedad y el vinatero vociferó algo al verme entrar al salón.
Sin darle importancia, y ya algo desganado, fui y me senté justo al mostrador, entre los dos, ignorando el depresivo ecosistema a mi alrededor.
Caminar entre tantos vagos y suicidas me hacia recordar los tiempos en que alguna vez participé en su erradicación. Sin mucho exito.

Me senté y me pedí un whisky enseguida, para evitar la conversación inmediata con el dependiente.
El sujeto se dio la media vuelta, aun mofandose de mi presencia, y encontró de entre la repisa una vieja redoma de doce años. Sacó un vaso de vidrio de la cristaleria y sirvió el caldo seco.

No se cuanto estuve ahí encerrado, pero para la octava copa ya la vista me tenía como traidor evasivo.
Aprovechando mi confusión me encomnendaron un caso cualquiera, despidiendose de mi enseguida sin yo tener en cuenta de quienes eran aquellos sujetos.

Que mas da, un caso es un caso.

Le pedí al cantinero la llave de un cuarto y le pagué enseguida en efectivo. Ni siquiera recuerdo cuanto.

Me levanté y anduve con el tiempo ensima acompañandome el paso hasta el veintiuno del numero veintiuno.
Ya adentro caí de inmediato en el sillón (que fue lo primero que vi al entrar) siendo arrullado por el sonido del plomo y explosivo caracteriztico de la zona delictiva. Pero algo ahí me hacía ruido, en el piso se oía un sonido diferente, un sonido poco frecuente en la Avenida Deja Vu.
Y venía de mi recamara.

Saqué la pistola y caminé como pude hasta el lugar de donde provenía el susurro. Tenia la cara empapada de sudor y no podía divisar perfectamente a que apuntar por los efectos nocivos del alcohol ya en la sangre. Solo podía ver un cuerpo moviendose escondido detrás de la colcha, mientras me hacía un camino hasta ello.

Y ahí sucedió. La virgen silueta de una doncella recostada en mi cama me hizo vapulear contra el marco de la puerta, haciendome tirar el arma.
El extraño sonido no era más que el suave respirar de la dama dormida.

Pero yo la conocía.
El contorno de su rostro, el visaje preciso de duda y cansancio, la madeja que llega hasta el principio de cuello, los aretes curvos que adornan sus orejas, sus ojos, las venusianas manos, el compás de sus piernas. Todo, la conocía.

Pero "¿Que hacía ella en Deja Vu?"

Mareado preferí ponerme a pensar en ello a la noche siguiente (porque para esa avenida no existe el dia, solo la noche, eterna, constante, precisa, evolutiva) así que me fui a dormir enseguida (o solo tratar de hacerlo, porque con el vino, el cigarro, y la respiración tan tranquila de una pacifica vestal como vecina al cuarto conjunto, era practicamente un reto) no sin antes arremeter a mi estupidez altruista (raras veces vista. Ella, de hecho, era la primera en mucho tiempo con la que no podía ser tan cruel como para dejarla morir de frío) cerrando las ventanas y tapandole los hombros con el edredón.

Una llovizna acompañó la velada. Y dormimos, cada uno, un poco mas tranquilos con la presencia del otro.

A la noche siguiente, ya mas fresco y racional, seguía preguntandome cual sería la razon exacta de que ella se arriesgara a venir hasta este caotico mundo, haciendome perder toda la concentración que creía necesaria para resolver el caso.
Me tenia preocupado tener que dejarla en el cuarto del hotel, pero considerando que seguramente lo que queria era verme, lo mas logico era suponer que me esperaría ahí mismo, si se despertase.

Más tarde, las actividades se fueron desenvolviendo rapidamente. Las pistas me conducían poco a poco al movil del delito, las victimas solían decirme mas de lo que requería y mi tarea como detective, al final, terminó con excelentes resultados. Aún a pesar de mi inquietud personal y el vulturno ocasionado por la preocupación.
Que va, vomitivo.

No avezado por la idea de cuidar de una mujer, me tarde en volver a mi recamara. Tomé algo de vino en la cantina del hotel, al pie de Femme Fatale y por dos horas consecutivas escuché al grupo del lugar interpretar La Malagueña.

Ellos me quieren mirar...
pero si tu no los dejas
pero si tu no los dejas
ni siquiera parpadear....

Afuera seguía lloviendo.

Y decirte niña hermosa
que eres linda y hechicera
que eres linda y hechicera
como el candor de una rosa.

Seguía fumando, consumiendo, y escuchando.
La letra me hacía coro en las cienes, me hacía de una volea en el corazón.

Y así, al final, sin poder disfrutar de la festividad del exito conseguido, regresé al cuarto.

Entré a la salita y colgué la chistera en el perchero. Volví la mirada y la vi finalmente de pie, con su hermoso vestido acariciando el suelo.
Tomé el velo de cortina de una de las ventanas y me sequé el sudor mezclado con la lluvia.
Aquella valquiria, virtuosa y delicada, recorría la sala con el roce de sus piernas, pintando de colores escenarios mitologicos. Muy al pesar de su monocromatismo (donde ella era la ausencia de colores, y yo era la ausencia de colores, y todo el maldito mundo lo era, menos cuando ella le hacía una caricia).
Justo cuando estuvo frente mio, y tras un largo silencio, me envolvió con sus manos, recostando sus mejillas en mi pecho.
Yo no hice mas, solo me detuve en seco, vivificado.

-Quedate conmigo.- susurró ella de repente, en el instante en que la lluvia y nevada se hacían los mudos (Durante algunos minutos solo se pudo escuchar el sonido del ventilador dando volteretas en el aire) a unisono.

Y que curioso, porque quizá lo unico verdaderamente racional de lo que pude prescindir en esos momentos, ante el shock y el enorme gusto mezclado con tristeza, fue el de suavemente apretarla contra mío.

Toda una carantoña. Todo un caos que conllevo a inventar noventa y nueve maneras de evitar regresar a la Avenida Deja Vu. Noventa y nueve veces no, noventa y nueve veces al carajo. Noventa y nueve novelas de detectives y asesinos.
La lista se extendía en los pocos segundos lucidos que estuve con sus manos alrededor mío, pero ninguna de esas razones vencian el hecho de tenerla junto a mi, cuidarla, quererla y romperme el alma por ella.

Tristisimo, porque afuera seguía la ventisca de lluvia y nevada. Seguía, y seguía, y seguía... consecutivamente.

(EPILOGO DEL SEGUNDO VERSO)

Y todavía regreso a Deja Vu. Todavía me pierdo en la insignificancia ajena, en el vulgar de un mundo post-apocaliptico, criminal, tan solo para estar con ella.

Y a veces vamos al cine, solo de noche. Nos refugiamos en la oscuridad, le tomo la mano y disimulo.
Algunas otras veces tomamos transporte y le damos vueltas a la avenida, una y otra vez, y nunca termina. La calle toma un aire londines y simpre, hasta donde alcanza la vista, es un sin fin de arquitectura victoriana.
Templado.

Mas al final, la mayoria del tiempo solo nos quedamos encerrados en el veintiuno del numero veintiuno, al Femme Fatal Hotel.
Tomamos vino, cerramos las cortinas y nos quedamos dormidos, a la letra y canto de La Malagueña.

Y yo pensando: "Demonios, tanta melancolía para nada"

(FIN DEL SEGUNDO VERSO)

-¿Que anoche fuiste a visitarme a mi casa?- dijo ella en un vuelco de rueda.
Y entonces todo el vorágine se detuvo. Hay vértigo en la pregunta, un vértigo visceral y destructivo.
Ya no estoy en mi sueño. Ya no hay caricias, ni achucheos, ni siquiera el roce de su vientre recostando mi rostro.
No hay mas que un vilipendio de mi parte. Quizás solo el nerviosismo del sujeto de la chistera negra; del que através de un ventisquero de humo, los patrones surrealistas del cigarro, pudieran disfrazar.
Sonrío sin pensar en Valentina Vestal, ni Valentina valquiria. La veo sin ver las figuras, los colores en los mundos monocromaticos, o los espacios vacíos.
Y ante toda vervigracia, dos piernas cruzadas aguardan la respuesta. Donde pudo, como sea, ser un par de palmas deteniendo la maravilla victoriana que le precede en estructura.

-Solo tenia ganas de pasar por ahí.- advertí recuperandome, y sonreí cansado. -Con un enorme gusto de desearte dulces sueños...-

A vos Valentina, solo a vos.

Para variar.

(FIN DEL TERCER VERSO Y REVERENCIA)